¿Para qué conocer a mis alumnos?

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Cuando entro en un aula siempre pienso cómo van a ser mis nuevos oyentes. Es más, conocer a mis púberes facilita mi trato con ellos, potencia la confianza mutua y optimiza su educación. Saber si un estudiante es o no es capaz de aprender con normalidad resulta básico ya en infantil. En secundaria hay que conocerlo también para llegar lo mejor posible a su interior.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

Los adolescentes todavía son barro a moldear por muy duros que ellos quieran mostrarse. Cruzar su escudo de defensa y conocer su espíritu nos da la llave de su confianza. Educar resulta muy lento, pero sin confianza se vuelve eterno.

Aquel estudiante que confía en su mentor se esfuerza para aprender con él. Es más, no espera un premio por hacerlo, sólo el reconocimiento personal por su trabajo y sus logros. En fin, que la confianza mueve gran parte del esfuerzo en toda buena enseñanza.

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Conocer a la tropa

Yo siempre pregunto a otros profesores sobre mis nuevos alumnos. Cuando acceden a compartir su información se sorprenden de lo que hago. Saco mi cuaderno de notas, lo abro por el grupo a conversar y lleno una pequeña casilla por cada alumno. El espacio resulta tan ínfimo que relleno ese recuadro con diminutos símbolos fruto de años de abreviaturas. Por ejemplo, para una posible dislexia pongo Dlx; para presuntos problemas de lateralidad una L al revés; para padres ausentes un Pa; para capacidad baja –C; para una falta de esfuerzo –T; y así muchos más artefactos que me resumen al alumno que todavía no conozco y a quien voy a descubrir en breve.

Una manera para conocer a los más pícaros es ponerlos a prueba el primer día. La práctica es muy sencilla, lanzo una ironía en medio de una explicación y observo quiénes la pillan

Pero, y claro está, lo apuntado son sólo las percepciones de unos humanos, los docentes, al respecto de otros, los púberes. Ello implica muchas subjetividades que debo esclarecer lo antes posible. Una manera para conocer a los más pícaros es ponerlos a prueba el primer día. La práctica es muy sencilla, lanzo una ironía en medio de una explicación y observo quiénes la pillan. Normalmente a principio de curso los alumnos viven con cierta tensión o distancia las peroratas de los docentes, es decir están bastante serios. Luego las semanas aflojan el asunto y los escolares vienen ya más relajados al centro. Dicho lo anterior, y cuando los adolescentes empiezan el curso, un sarcasmo no lo suelen ni pillar ni entender, sólo los muy pícaros, y a menudo más inteligentes, lo hacen. Con sólo observar la clase ya sabía quienes sí y quienes no. Pero eso no es suficiente.

Con los años diseñé un test muy breve para saber de mis alumnos. Este devenía muy visual y práctico para ambos, para mi y para ellos. Y aquí no les pedía el nombre del padre, de la madre o de su profesión, simplemente requería que marcaran una frase de cuatro posibles para conocer sus perfiles personales. Después, y con mis símbolos chiquitines, describía a cada rapaz en mi cuaderno de notas, algo de una utilidad bárbara durante mis clases, en las reuniones de evaluación, o en las entrevistas con los padres. Sólo con mirar aquella minúscula casilla sabía todos los pormenores del alumno y sabía que añadir en el coloquio.

El cuestionario anterior consistía en una serie de preguntas con cuatro columnas a marcar. Éstas iban en orden de mejor a peor. Por tanto, una vez realizado el formulario, las casillas de la derecha me delataban problemas y anomalías, mientras que las de la izquierda correspondían a la normalidad familiar. Sólo con mirar y anotar los resultados de las celdas obtenía muchos datos sobre el escolar. Por ejemplo, una pregunta era, cuando cenas con tu familia la tele está…, y las opciones a escoger de izquierda a derecha eran:

–          Apagada para poder conversar.

–          En marcha pero con el volumen suave para charlar entre nosotros.

–          En marcha con el volumen alto para poder escucharla.

–          En marcha y disfrutamos de los programas todos juntos.

Si respondían una de las dos primeras me indicaba que la familia compartía lo ocurrido durante el día, pero si marcaba una de las dos últimas mostraba falta de conversación con sus hijos durante la cena.

Otra pregunta era, crees que tus padres acceden a tus demandas, con las siguientes opciones:

–          No mucho.

–          No se dejan influir demasiado por mis demandas.

–          Me hacen caso y acceden al quererme.

–          Me quieren mucho y acceden a menudo.

Las primeras suelen delatar padres unidos en las decisiones educativas mientras que las últimas señalan progenitores de otra índole.

Y así hasta cuarenta preguntas más. Al final averiguaba su rendimiento escolar, su nivel de aceptación en clase, su adaptación al centro, su esfuerzo en sus labores, su grado de autonomía, sus relaciones familiares e incluso valoraba su nivel de sinceridad con preguntas distintas pero que pedían lo mismo. Si el púber respondía de manera dispar a éstas era señal que se tomó a pitorreo el cuestionario, pero en caso que en todas marcara columnas equivalentes me descubría un escolar muy sincero, tanto consigo mismo como con los demás.

El modelo escolar estoniano y finlandés, tan aplaudidos por muchos, se fundamenta en la detección prematura de patologías en el aprendizaje

Pero había otro grupo de preguntas que buscaban posibles patologías causantes de falta de atención o aprendizaje. Cabe indicar que es muy importante que en primaria se detecten anomalías como dislexias, problemas de lateralidad, visión errónea, sorderas u otros. El modelo escolar estoniano y finlandés, tan aplaudidos por muchos, se fundamenta en la detección prematura de patologías en el aprendizaje. En caso de hallarse, la intervención resulta inmediata. Por ejemplo, si en primaria se detecta a un escolar con dificultades en la lectura, en menos de una semana ya está siendo atendido por un especialista. Y se insiste, en Estonia y Finlandia, países con el menor fracaso escolar europeo, hay muy pocos psicólogos y trabajadores sociales destinados a diagnósticos. Quienes diagnostican y tratan a los niños son médicos y científicos expertos. De todas formas, aquí hay educadores que se obsesionan en hallar siempre una explicación médica a los malos resultados académicos de un chaval, y convendremos que no todo tiene una explicación clínica. Quizás sólo se trate de un mal hábito de estudio, constancia y esfuerzo. Para eso no hay fármacos, sólo voluntad educativa, rutinas de estudio y esfuerzo individual.

En fin, y dado todo lo anterior, disponer del perfil de mis adolescentes resumido en aquel cuadrito del bloc me iba de perlas ante cualquier reunión con padres o profesores. Pero lo mejor de una síntesis así no es para los adultos sino para mis alumnos. Si durante la clase uno de ellos manifiesta un comportamiento anómalo, y antes de tomar yo una decisión, consultaba mis anotaciones y decidía como intervenir, si apoyo, si amonestación, si nada o si conversación posterior. Cada individuo es un mundo, y saber cómo es un púber permite actuar según su interior, confianza e intereses. En ello hay que saber los intereses de cada adolescente, algo que abordaremos en el próximo apartado.

Este artículo forma parte de una serie titulada “Fracaso escolar o fracaso político“, a cargo de nuestro colaborador, David Rabadà.

Entrega anterior: Una secundaria de secundarios o Escola Nova 21 (14)

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