¿Para qué la escuela?

Ahora en todo caso, se va a «aprender a aprender» y a realizarse como individuo según las propias inclinaciones e intereses

Los padres consideran más importantes las actividades extraescolares que las propiamente escolares

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Como cada año cuando empieza el curso escolar, proliferan las noticias y declaraciones sobre educación. Ahora bien ¿se habla realmente de educación o solamente de aspectos externos a ella que, aunque sin duda importantes, no dejarían de ser cortinas de humo que eluden los problemas y retos que tiene realmente planteados nuestro sistema educativo?

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Xavier Massó_editedXavier Massó / Catalunya Vanguardista

En cierta ocasión, inicié una conferencia afirmando que la transmisión de aquellos conocimientos –añado: teóricos y prácticos; aptitudes y destrezas- que la sociedad considera necesario preservar y que un individuo no puede adquirir en su entorno social más inmediato, se estructuró en torno a la institución escolar bajo el modelo de la Academia. Un modelo basado en el binomio docente-discente incardinado en una institución cuya función primordial era la transmisión de dichos conocimientos; fueran cuales fueran, según la época, la sociedad, etc.

Tres afirmaciones que a día de hoy habrían quedado obsoletas a juzgar por las tendencias educativas hoy hegemónicas, que no parecen ir en esta dirección, sino más bien en la opuesta. Veamos.

Que hay cosas que «la sociedad considera necesario preservar» me pareció, en su momento, evidente en sí mismo, pero acaso no lo sea tanto. Y ello en el sobrentendido que la sociedad, entendida como abstracción, quiera preservar algo. Porque entendía que, de una forma u otra, siempre habría un substrato sobre el cual se construiría un cierto consenso. Y a lo mejor resulta que no a todo el mundo le interesa preservar lo mismo. Sin ir más lejos, del mismo modo que algunos sectores de la sociedad suprimirían las academias militares, otros sectores, afines a determinadas prácticas curativas alternativas, suprimirían sin duda las facultades de medicina. De modo que la proposición sobre lo que «la sociedad considera necesario preservar» es, como mínimo hoy en día, más bien problemática.

Antes de aprender raíces cuadradas hay que haber aprendido a sumar

Que dichos conocimientos un individuo no los «puede adquirir en su entorno social más inmediato», también se me antojaba evidente por muchas razones, entre otras la condición de saberes tematizados propia de dichos conocimientos, lo cual aconsejaba a su vez una sistematización del proceso de transmisión. Dicho en otras palabras: antes de aprender raíces cuadradas hay que haber aprendido a sumar. De paso, nos ahorrábamos tener que vivir en nuestra propia experiencia los imposibles mil años que, por poner un caso, transcurrieron desde las primeras ternas (pre) pitagóricas hasta la formulación del Teorema de Pitágoras.

A su vez, de la necesidad de preservar unos determinados conocimientos y de la imposibilidad de adquirirlos en el entorno inmediato, surgía una institución en la cual el que sabe lo que hay que transmitir –enseñar-, lo transmite al que no lo sabe: el binomio docente/discente como eje básico de toda práctica educativa sistematizada, que se llevaría a cabo en la institución establecida a este efecto: la institución escolar.

Un planteamiento que se encuentra en las antípodas de las teorías pedagógicas de moda, convertidas por los políticos en paradigma. Dicho a la brava, la preservación de lo que sea está asegurada desde que existen internet y los discos duros, por lo tanto, no ha de ser fuente de preocupación o inquietud. Además, en una sociedad del conocimiento y conectada como la nuestra, no hay ninguna imposibilidad de adquirir los conocimientos que uno desee o precise en cualesquiera entornos, mediatos o inmediatos. Como consecuencia, la institución escolar ha perdido su función clásica y debe reconvertirse hacia otro tipo de finalidades, superando definitivamente el antiguo modelo según el cual, como rezaba el adagio, «a la escuela se va a aprender».

Ya no. Ahora en todo caso, se va a «aprender a aprender» y a realizarse como individuo según las propias inclinaciones e intereses. De ahí el primado de la imaginación y la creatividad sobre la memoria, o de la inteligencia emocional sobre la cognitiva. De ahí también que los contenidos carezcan de importancia y sean residuales o anecdóticos. O que los exámenes sean denostados por anacrónicos: son la reminiscencia de un pasado que se resiste a morir…

El profesor Luri sugería que acaso la sobrecarga de trabajo de tantos alumnos no provenga de los deberes escolares, sino de la proliferación de actividades extraescolares

Y en esta línea van la mayoría de declaraciones y noticias a que aludíamos anteriormente. Desde posiciones ciertamente unilaterales y, en ocasiones, incompatibles entre ellas. A unos les preocupa el calendario escolar, que debería adaptarse a sus necesidades específicas; a otros las reválidas, porque los exámenes ya no se estilan y son de mal gusto. También, que si la religión, que si la inmersión lingüística… En definitiva, toda una amalgama sincrética que, de expresar algo, se quedaría en una abstracción y que, en cualquier caso, incide sólo en aspectos unilaterales y extrínsecos al sistema. Pero ahora nos detendremos en un tema  muy concreto, a la vez que altamente significativa: las quejas sobre los deberes en casa.

Hace poco, Gregorio Luri abordaba muy lúcidamente esta cuestión en su blog «El Café de Ocata», y lo hacía desde una perspectiva tan poco usual como reveladora. A partir de un comentario sobre las generalizadas quejas por el exceso de deberes, el profesor Luri sugería que acaso la sobrecarga de trabajo de tantos alumnos no provenga de los deberes escolares, sino de la proliferación de actividades extraescolares que no les dejan tiempo para realizarlos, para plantearse a continuación si no será que los padres consideran más importantes las actividades extraescolares que las propiamente escolares.

Si es así, es decir, si realmente son, en la mayoría de casos, las actividades extraescolares las que ocupan un tiempo que luego priva a los alumnos del necesario para realizar tranquilamente los deberes encomendados por la escuela, y si también es verdad que ante esta evidencia, persistir en tantas actividades escolares presupone que se consideran, como parece lógico inferir, tanto o más importantes que las propiamente escolares, ciertamente entonces la institución escolar tiene un problema muy grave.

Y lo sorprendente sería entonces que las tres aserciones concatenadas que exponía al principio, no solo no serían anacrónicas, sino incluso rabiosamente actuales, y que funcionalmente siguen operando en el imaginario colectivo… Pero, eso sí, con una disfunción decisiva en la tercera, y es que ya no sería la institución escolar la que cumple con la función que, ello no obstante, la sociedad sigue considerando necesaria. Y claro, entonces nos hemos de preguntar por qué.

Asumamos pues que sigue habiendo conocimientos y aptitudes que socialmente se considera necesario preservar –ya sea porque «gustan», porque preparan para el futuro o por lo que sea-. Asumamos también que el individuo sigue sin poderlas adquirir en su entorno social inmediato -de lo contrario cualquiera podría aprender en su casa inglés, guitarra, hípica, o física cuántica-. Y que los padres, los que pueden permitírselo, siguen tirando pare ello de instituciones ad hoc. Sólo que ya no sería la escuela, o estaría empezando a no serlo.

Está claro que la escuela no puede ofrecer «de todo». Pero si tenemos en cuenta, como apunta Luri, que las actividades extraescolares más extendidas son deportes, inglés, música -o profesores de repaso- y que se trata de activides que suelen llevarse a cabo también en los centros escolares como materias curriculares, entonces sí parece lógico colegir que los padres, por ende la sociedad, ya no consideran que la institución escolar sea el lugar donde llevar a cabo este proceso de aprendizaje y adquisición de los conocimientos que no se pueden adquirir en el entorno inmediato.

Es un argumento de doble filo. Fácilmente se podría aducir, como sin duda hacen los apóstoles de la nueva pedagogía, que esto ocurre porque en las escuelas o institutos se sigue explicando física o latín, disciplinas que hoy en día no interesan a nadie, o a casi nadie. Y si la escuela se empeña en perseverar, pues la gente deserta de ella, o la sitúa en una posición subalterna.

¿Por qué el inglés o la guitarra que no «interesan» son los de la escuela y no los extraescolares?

Es una posible respuesta, sí, pero entonces ¿por qué el inglés o la guitarra que no «interesan» son los de la escuela y no los extraescolares? ¿No será porque tal vez piensen que a la escuela se va a hacer el paripé y a la academia extraescolar a «aprender»? ¿No será porque aprender, lo que se dice aprender –algo, lo que sea- sigue considerándose necesario, y si tal función no la ejerce la escuela se tira de otras instancias? En fin, si es así, entonces el problema existiría porque la escuela ha dejado de ejercer su función al enajenarse de ella la transmisión de conocimientos. Con lo cual, la crisis del modelo escolar no provendría de su supuesto anclaje en esquemas obsoletos, sino que su propia renovación, o al menos la forma como se ha hecho, no solo no ha sido la solución, sino una parte esencial del problema.

De modo que quizás lo que deberíamos preguntarnos es por qué ha ocurrido esto.

Solo a modo de apunte. Una cosa es la escolarización obligatoria, y otra muy distinta la homogeneización de los planes de estudio hasta los 16 años. Y lo segundo puede que sea una de las principales causas que han llevado a la escuela a su actual crisis sistémica. Quizás no todo el mundo, sea por desinterés o por incapacidad, deba estudiar ciertos niveles de física, filosofía o latín. Pero si mezclamos a los que no les interesa con los que sí -y que además lo requieren como base para su futura formación humana y profesional-, entonces la cosa no da ni para unos ni para otros. ¿Tan difícil es de entender esto? Y al que le interesa o lo necesita, y puede permitírselo, pues a actividades extraescolares y a clases particulares de repaso, porque allí sí que se enseña… o al menos esto se piensa.

Y si el tránsito por el sistema educativo acaba finalmente convertido en una mera formalidad, como algunos parece que empiezan a intuir, entonces la siguiente pregunta es ¿Para qué la escuela, si no enseña?

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