‘Pelléas et Mélisande’ en el Liceu

Àlex Ollé dirige un montaje con aires cinematográficos y todos los ingredientes de una obra maestra: poesía, ingravidez y voluptuosidad.

Del 28 de febrero al 8 de marzo, el Gran Teatro del Liceu acogerá siete funciones de Pelléas et Mélisande. El triángulo amoroso estará encarnado por el tenor Stanislas de Barberyac, la soprano Julie Fuchs y el barítono Simon Keenlyside, acompañados por la mezzo Sarah Connolly y los bajos Franz-Josef Selig y Stefano Palatchi. Todo bajo la dirección musical de Josep Pons.

 

En varios aspectos, Pelléas et Mélisande puede considerarse la primera ópera moderna del siglo XX. Claude Debussy la estrenó en 1902, aunque trabajaba en el proyecto de poner música al drama teatral de Maurice Maeterlinck desde 1894. Debussy quería alejarse lo máximo posible de la sonoridad épica de Wagner, como Die Walküre. Y lo logró en parte, ya que el argumento recuerda a Tristan und Isolde. Y, sin embargo, el lenguaje musical y el enfoque eran nuevos: Debussy construyó un mundo propio y una música flotante y onírica en la que los personajes declaman más que cantan, ya que no hay versos con métricas estables que permitan construir melodías belcantistas.

Debussy construyó un mundo propio y una música flotante y onírica en la que los personajes declaman más que cantan, ya que no hay versos con métricas estables

La historia se sitúa en un espacio ingrávido, el reino de Allemonde, fuera del espacio y del tiempo. Una noche, el heredero al trono, Golaud, descubre en el bosque a una mujer misteriosa, Mélisande, con la que se casa. Pero Mélisande se enamora del hermanastro de Golaud, Pelléas, quien en muchos aspectos recuerda al Parsifal de Wagner. Cuando Golaud descubre el engaño mata al amante, pero no conseguirá retener a Mélisande, que huye hacia la muerte para reencontrarlo.

Como obra simbolista –y, por tanto, opuesta al realismo–, cada aspecto tiene un significado que va más allá de la apariencia: el castillo es una cárcel; el lago, muerte y resurrección; el bosque, un laberinto, y más allá está la muerte, que es la libertad. Todos estos aspectos freudianos ya fueron abordados por Àlex Ollé en su producción de 2015 para la Semperoper de Dresde, pero ahora va más allá.

Esta vez, Ollé toma como referentes a los cineastas David Lynch y Lars Von Trier para crear mundo decadente y endogámico a través de una atmósfera inquietante, angustiosa y visualmente impactante. “Son episodios muy cortos y fluidos, sin una temporalidad” y “abordados desde un punto de vista circular, como si Mélisande siempre volviera siempre al lugar de donde huye”, explica.El escenógrafo Alfons Flores recrea “un universo de remolino, con un palacio en el centro que gira sobre sí mismo y que genera esa sensación de ondas concéntricas”. Se trata de una prisión impenetrable, pero que el espectador tiene la capacidad de intuir lo que ocurre en su interior a través de los cortes en la roca, el telón que los cubre y las ramas de una telaraña de varillas de hierro que atrapan Mélisande.

Las entradas tienen un coste que oscila entre los 14 y 269 euros, existiendo también una oferta de dos entradas por 175 euros. Más información clicando aquí.

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