¿Por qué algunos alumnos se nos duermen?

Imagen de Oberholster Venita en Pixabay

¿Quién no se ha dormido alguna vez en clase? Negarlo no resultaría muy creíble, sería como disimular ese metano intestinal que todos hemos retenido en público, pero que en triste ocasión, con alivio y disimulo, se nos escapó. Una cabezadita en el aula resulta algo parecido a lo anterior, es una de esas situaciones placenteras que nuestra fisiología nos infunde pero que la ortodoxia no aplaude. Que de repente el profesor te despierte por retozar sobre tu pupitre asusta al más valiente. Algunos asemejan esta experiencia a un coitus interruptus, ¿acaso no te dejó a medias?

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

La culpa de dormirse en el aula no es toda de alumnos taciturnos, también lo es de algunos docentes. He presenciado a ciertos educadores que se empeñan en cansar e hipnotizar a sus escolares. Este profesor cansino es nefasto si su materia es de las más odiadas, las matemáticas. Siendo yo alumno, recuerdo a un eminente profesor de cálculo que de tanto que sabía, muy poco sabía enseñar. Vivía tan lejos de la mente de nosotros que era incapaz de explicarse con un mínimo de didáctica. Su monótono tono de voz, más su total incapacidad de motivarnos, nos empujaba una y otra vez a disfrutar de longevas sensaciones oníricas, aunque no por ello fracasamos los de aquella clase. Fuimos más humanos que máquinas para adaptarnos a todo tipo de docentes. En ello hubo algunos Robocop y Terminators.

 

De Robocop I a Terminator II

Para quien no recuerde la película de Paul Verhoeven, Robocop era un humanoide medio máquina diseñado en principio con carencia de sentimientos. Lo mismo ocurría en la primera entrega de Terminator. En cambio, al final de Robocop y en la segunda y tercera de Terminator ambos llegan a desarrollar capacidades para interpretar y aprender sentimientos humanos, hasta algunos lloraron cuando John Connor vio morir a su Terminator protector. Los docentes a menudo no saben con quién quedarse, si con Robocops insensibles o con Terminators buenazos. Ser demasiado distantes y fríos con los adolescentes conlleva a no conseguir su confianza y sí el enfado de algunos padres, hasta puede que te denuncien por apretarles demasiado las tuercas. Por otro lado, presentarse ante los alumnos como un Terminator amigo e ingenuo conlleva no ganarse jamás su respeto.

Ser demasiado distantes y fríos con los adolescentes conlleva a no conseguir su confianza y sí el enfado de algunos padres

¿Qué hacer entonces? Pues cada maestrillo tiene su librillo. Yo he optado por aparentar ser un Robocop algo distante y ganarme poco a poco la confianza de mis estudiantes. Pasadas unas semanas, y cuando ha sido mostrada tímidamente esa parte humana mía, cae el telón de acero entre mis alumnos y yo. Los escolares se dan cuenta que no soy tan Robocop por tres razones: me he hecho respetar, se puede confiar en mí y soy consecuente con ellos. Incluso se percatan que les defiendo en contra de otros malos educadores. Ahora bien quien se queda en fase Robocop difícilmente se gana la confianza de sus alumnos. Hay que dirigirse lentamente hacia ese Terminator humano y casi sonriente que protagonizó Arnold Schwarzenegger. Sólo un humano es capaz de ver a otro humano. Al final, y evitados los extremos entre policía y colega, llego a charlar con mis púberes sobre sexo, padres y ligues, algo que resulta fascinante por el simple hecho que confían en ti al hacerlo. Ser mojigato y mantener tabúes en ciertos temas como el sexo y la pareja implica no darse cuenta de la base humana, la adolescencia que educamos. En ello hay docentes que se muestran inflexibles y se convierten en dictadores.

 

El dictador franquista

La mayoría casi ya se han jubilado, pero algunos todavía se arrastran por algunos institutos. Ellos viven de un pasado en donde la disciplina era extrema, la agresividad un arma y el miedo pánico. Aunque esta especie se halla al borde de la extinción todavía sobreviven por algunos centros. En 1997 trabajé en un centro de Santa Coloma de Gramanet, muy cerca de Barcelona, en donde pude experimentar de cerca uno de estos ejemplares. Allí su director se había convertido en un dictador de todos sus súbditos, fueran alumnos, docentes o auxiliares del centro. Incluso algunos de sus hermanos los tenía también allí a sus órdenes. Este personaje, sacerdote investido por la falsa y estafadora Iglesia del Palmar de Troya, se codeaba con representantes del Opus a quienes invitaba al centro a impartir sermones y ofertas educativas. Pero lo realmente flagrante, y nada cristiano, era el trato que ejercía sobre alumnos y profesores. Por un lado, y bajo amenazas y acosos, explotaba a sus trabajadores más horas de las convenidas. Por ejemplo, los docentes, y después de la marcha de todos los alumnos, permanecíamos cada tarde una hora más en el centro. Esa sesión de más nadie la cobraba. Incluso yo, que estaba contratado al ochenta por ciento, se me exigía trabajar el cien por cien de las horas. O en pleno mes de julio, nos obligaba a impartir repaso a los alumnos enviados. Para ello los padres pagaban al centro unos 60 euros por hijo pero nosotros, los docentes, no veíamos ni un duro.

Imagen de Nina Garman en Pixabay

 

Pero lo más grave no fue el tema laboral sino las vejaciones y faltas de respeto que ejercía sobre sus súbditos, alumnos o profesores. Hasta, y entre sus alumnos, repartía ostias, y no de eucaristía. Esa obsesión por subyugar a todos los de su alrededor era fruto de una madre dominante y de su homosexualidad no declarada. Su matrona reprimió, castigó y aplastó sus debilidades como posteriormente él haría con sus congéneres. Su homosexualidad escondida, aunque no reprimida con algunos jóvenes, le alimentaba sus abusos de poder. En fin, toda aquella situación duró más de una década y hoy en día todos aquellos alumnos no le guardan mucha simpatía. El dictador amputó la sensibilidad de muchos sin potenciar la de ninguno.

De lo anterior les pondré un ejemplo y sus consecuencias. El director antes indicado prohibió una música de merengue a mis alumnos y a mí. Era una melodía que estábamos ensayando para el festival de final de curso y él la encontró poco católica. Al final, y en tutoría, encontramos algo más soso de Juan Luis Guerra. Pero la cosa fue a más ya que el director impuso que las faldas de la chicas cubrieran todas las piernas en aquel nuevo merengue, e impidió que los ensayos del medio día fueran llevados a cabo con normalidad. De hecho, o no nos abría el colegio en el horario acordado, o lo hacía con gran retraso. Los alumnos maldecían ante mí tal abuso de poder y yo defendí como pude la entidad escolar. Hoy en día compartimos, alumnos y yo, esas anécdotas durante algunas cenas, ellos con más de treinta y yo pasados los cincuenta. Claro está que en estos encuentros no invitamos al director.

Este artículo forma parte de una serie titulada “Fracaso escolar o fracaso político“, a cargo de nuestro colaborador, David Rabadà.

Entrega anterior:¿Adoctrinar o aleccionar en el aula? (38)

Dejar comentario

Deja tu comentario
Pon tu nombre aquí