La predictibilidad del calor estival es asimétrica y que las proyecciones climáticas apuntan a que la Europa meridional es cada vez más seca.

Meteorología europea para las estaciones del año

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«Red sky at night, shepherd’s delight, red sky in morning, fisherman’s warning» («Cielo rojo por la noche, deleite para el pastor; cielo rojo por la mañana, advertencia para el pescador»).

Este es uno de los proverbios más antiguos de Europa relativos a la predicción de la meteorología al día siguiente. Con los avances realizados en la tecnología moderna, desde los radares hasta las técnicas de imagen por satélite, actualmente se puede predecir la meteorología con mucha mayor antelación.

Pero ahora científicos europeos han dado un paso más en la técnica de previsión meteorológica al ampliar esa antelación no ya a días o semanas, sino a toda una estación. Esta previsión estacional puede permitir prepararse frente a condiciones climáticas adversas en los sectores de la agricultura, la salud y otros. Los hallazgos de su trabajo se han publicado en la revista Nature Climate Change.

Las previsiones estacionales son el siguiente escollo que deben afrontar los meteorólogos, un objetivo que entraña una dificultad científica considerable por la inestabilidad y no linealidad de que presentan los flujos atmosféricos, principalmente en las latitudes medias.

En el estudio referido, los autores trataron de determinar si las precipitaciones durante las estaciones anteriores permiten predecir la frecuencia con la que se producirán días calurosos durante el próximo verano, y también los factores físicos que condicionan esa predictibilidad.

Científicos de Francia y Suiza coordinados por el Laboratoire des Sciences du Climat et de l’Environnement (LSCE) y el Instituto Federal de Tecnología de Zúrich (ETH-Zúrich) observaron que, después de un invierno y una primavera lluviosos en la Europa meridional, rara vez se registra un verano caluroso.

En cambio, también observaron que las estaciones secas suelen ir seguidas de veranos calurosos o bien fríos. Ello significa que la predictibilidad del calor estival es asimétrica y que las proyecciones climáticas apuntan a que la Europa meridional es cada vez más seca. Los resultados obtenidos indican que dicha asimetría debería favorecer la formación de más olas de calor en verano con una predictibilidad estacional modificada a partir de las precipitaciones invernales y primaverales.

Según destacan los autores, en la última década Europa ha vivido varias olas de calor inusitadas en verano, con importantes repercusiones en la sociedad. Así, la ola de calor de 2003 convirtió aquel verano en el más caluroso registrado desde 1540 y provocó una grave crisis sanitaria y cuantiosas pérdidas de cultivos.

Pero aún más sorprendidos quedaron los meteorólogos unos pocos años después cuando, en 2010, otra ola de calor marcó un nuevo récord. Durante aquel verano, la media de temperaturas máximas calculada en periodos de 7 días superó la media correspondiente para el periodo 1871-2010 en 13,3 grados centígrados.

Los autores afirman que esos veranos extremos podrían considerarse representativos de los veranos que traerá el calentamiento del clima. Lamentablemente, aún es escasa la capacidad para anticiparse a tales fenómenos uno o varios meses, situación que permitiría tomar las precauciones necesarias.

El equipo del estudio referido analizó los registros de precipitaciones y temperaturas recogidos en doscientas estaciones meteorológicas de Europa a lo largo de más de sesenta años. A partir de esos datos sacaron conclusiones globales sobre la región del sureste de Europa, por ejemplo, que una pluviosidad elevada en invierno y primavera previene la incidencia de días muy calurosos durante el posterior verano, mientras que una pluviosidad baja o normal puede dar lugar bien a un número muy elevado, bien a un número muy bajo de días con temperaturas agobiantes.

Tras meses secos, existiendo condiciones anticiclónicas, se transmite a la atmósfera una intensa energía solar a través de flujos de calor, agudizando así las sequías y el calor a modo de círculo vicioso. En cambio, tras meses lluviosos, la mayor parte de la energía solar se consume en la evapotranspiración, limitando así la amplificación del calor.

Incluso después de un invierno y una primavera muy secos, la incidencia de lluvias fuertes a principios de verano puede contrarrestar la predisposición a que se registren temperaturas extremas, situación que podría haberse dado en el verano de 2011, precedido de una excepcional sequía en primavera.