Preludio de las Guerras Carlistas

Retrato del infante de España Carlos María Isidro de Borbón (1788-1855), que fue hijo del rey Carlos IV de España y hermano de Fernando VII. / Wikimedia

Tal día como hoy… 29 de abril de 1833 se iniciaba la I Guerra Carlista

 

El 29 de abril de 1833, el infante Carlos María Isidro de Borbón, hermano menor de Fernando VII, se negaba a reconocer a su sobrina Isabel II como reina de España, a la vez que se postulaba como rey legítimo. Con ello, se retractaba de su aceptación de la Pragmática Sanción de 1830, que derogaba la ley sálica y permitía el acceso de las mujeres al trono de España en ausencia de herederos varones. Con este acto de desacato, quedaba expedito el camino hacia la Primera Guerra Carlista.

 

CV / El tal «Don Carlos», como le llamarán sus partidarios, era un hombre de escasísimas luces, menos incluso que su hermano Fernando VII -que como mínimo era astuto, como una rata, pero astuto-. De escasísima cultura, católico hasta el fanatismo, antiilustrado contumaz y políticamente ultraconservador y absolutista, don Carlos había permanecido siempre a la sombra de su hermano durante su sanguinario reinado.

Don Carlos había permanecido siempre a la sombra de su hermano, Fernando VII, durante su sanguinario reinado

Pero hacia 1830, el futuro no se presentaba muy halagüeño para el rey felón. No era viejo -tenía 46 años-, pero su decrepitud física corría pareja con su degeneración moral, y su inminente desaparición estaba cantada. Además, había otro problema, pese a sus denodados intentos a lo largo de cuatro matrimonios, carecía de descendencia. Si moría sin herederos, su sucesor sería don Carlos, que ya daba por seguro que pasaría a la historia como Carlos V de España. Para su desgracia, en marzo de 1830 se anunció que la reina -esposa y sobrina del rey- María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, estaba encinta. Le quedaba al bueno de Don Carlos la esperanza de que la criatura fuera una niña, por lo de la ley sálica…

Pero un monarca que no había respetado absolutamente nada en toda su vida, difícilmente se iba a amedrentar por una nadería de ley que seguramente ni conocía; alguien debió recordarle que su padre, el infeliz Carlos IV, había aprobado en 1789 una Pragmática Sanción derogando la ley sálica, pero que no la había llegado a promulgar. Lo hizo Fernando VII en mayo de 1830. En octubre de este mismo año la reina dio a luz una niña que, con la ley sálica abolida, era la heredera al trono de España.

La abolición de la ley sálica no sentó muy bien entre los abundantes y poderosos sectores eclesiásticos y tradicionalistas

Don Carlos pareció acatar de buen grado el nuevo orden de cosas. Ciertamente, la abolición de la ley sálica no sentó muy bien entre los abundantes y poderosos sectores eclesiásticos y tradicionalistas, que eran precisamente los que habían apoyado el absolutismo de Fernando VII. Pero la situación había cambiado en los últimos tres años, y cambió todavía más en los siguientes tres, hasta la muerte del rey.

Fernando VII se había dedicado con auténtica fruición a exterminar liberales, pero no por ello habían dejado de aumentar, y se vio obligado a hacer concesiones, entre otras razonas para garantizar la supervivencia de una monarquía anacrónica en un país atrasado, con reformas que sus vetustos seguidores eran incapaces de acometer. En 1827 estalló en Cataluña la Guerra de los Agraviados –una precuela de las guerras carlistas-, protagonizada por los sectores más intransigentemente ultramontanos, que pedían, entre otras cosas, la restitución activa de la Inquisición.

En 1830, con su hija Isabel como sucesora, Fernando VII cayó en la cuenta de que los únicos que aceptaban de buen grado a una mujer como reina era los liberales, precisamente los mismos a los que había estado «escabechinando» hasta entonces. Y les empezó a dar cancha, para mayor escarnio de los montaraces absolutistas. Y al bueno de don Carlos empezaron a llegarle cantos de sirena de obispos y ultramontanos de toda laya y jaez, de los que nunca han faltado por estos pagos.

Todavía en vida de su hermano, abjuró negándose a reconocer a Isabel II como futura reina, y se postuló como el legítimo heredero a la corona de España

La única manera de mantener el anacrónico orden de cosas de toda la vida era que el sucesor fuera el cenutrio de don Carlos. El pretexto era fácil: denunciar la ilegitimidad de la derogación de la ley sálica, entendiéndola como una conjura liberal.

Y don Carlos recogió el testigo. Todavía en vida de su hermano, abjuró negándose a reconocer a Isabel II como futura reina, y se postuló como el legítimo heredero a la corona de España. Luego huyó a Portugal y de allí pasó a Francia. Fernando VII murió el 29 de septiembre de 1833. El 1 de octubre, don Carlos entraba en España por Navarra y se proclamaba rey con el nombre de Carlos V. Empezaba la Primera Guerra Carlista.

Entre 1833 y 1876 hubo en España tres guerras carlistas. Causaron un total aproximado de 300.000 muertos, un incontable número de heridos y mutilados, y colapsaron el crecimiento económico del país, que quedó definitivamente atrás en unos tiempos en que la modernización en el resto de Europa avanzaba a velocidad vertiginosa. Propiciaron un retraso secular que todavía se arrastra hoy en día en buena medida.

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