Propaganda pedagógica y fracaso escolar

Imagen de Марина Вельможко en Pixabay

El idealismo alemán, la pedagogía progresista, la pedagogía de Clarapède, el constructivismo de Piaget, la pedagogía Summerhill, la pedagogía de Tonucci, la escuela inclusiva, la pedagogía crítica, las inteligencias múltiples, la escuela por proyectos y la evaluación por competencias llevan más de cien años predicando la imaginación, la felicidad y la creatividad individuales como teoría central de un aprendizaje espontáneo entre los críos, pero ¿han mejorado nuestro sistema educativo?

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

Alguna de las anteriores hipótesis educativas ha funcionado localmente en alguna escuela, pero lo hizo cuando el sistema educativo global estaba por la labor, es decir cuando administración, terapeutas, familia y centro educativo ostentaban un gran nivel de compromiso y conocimientos eficaces. Dicho en otras palabras, toda innovación funciona bien entre los alumnos que ya aprueban, pero no saca de su pozo a los que suspenden una y otra vez, a no ser que haya una profunda dedicación familiar, médica y educativa sobre estos zagales. Por lo tanto, el gran problema de las pedagogías teóricas es que, por lo observado, no logran tener éxito universal. Cuando estas hipótesis educativas han sido aplicadas bajo leyes nacionales no han reducido el desastre escolar, sino que lo han aumentado. Véanse los casos de Suecia y España. Lo anterior debe retarnos a preguntar algo muy simple, ¿por qué fracasan tanto estas teorías? Pues estas son las respuestas.

Toda innovación funciona bien entre los alumnos que ya aprueban, pero no saca de su pozo a los que suspenden una y otra vez

Primero, las pedagogías teóricas buscan cambiar la educación bajo UN SOLO PRECEPTO BÁSICO SIMPLIFICADOR que haga del aprendizaje algo fácil y feliz para cualquier niño, pero la enseñanza no responde a un único factor general y primordial sino a un entramado de causas y efectos de alta complejidad que todavía no están resueltos por la ciencia. Debería realizarse una gran tesis doctoral sobre enseñanza para poder opinar con rigor y criterio al respecto. El sistema de enseñanza es tan complejo que no existe un principio organizador sencillo en donde hallar una teoría pedagógica central y universal. Perseguir eso es no darse cuenta de la diversidad del sistema y de nuestra mente.

Sólo cuando todas las partes se hallan implicadas y coordinadas en prácticas de eficacia comprobada se reduce el fracaso escolar. Es decir, cuando leyes, administración, centros y familias siguen praxis demostradas y diagnósticos acertados, la pérdida escolar cae bajo mínimos. Desgraciadamente, y pese a la complejidad extrema del sistema educativo, muchos personajes ajenos al aula se sienten capaces de opinar al respecto con toda impunidad, mucha temeridad y escaso conocimiento. Desde políticos ingenuos hasta espabilados sin perspectiva, pasando por muchos pedagogos que no imparten clases y otros supuestos expertos, todos se atreven a opinar sobre enseñanza sintiéndose plenamente autorizados en ello. Tal atrevimiento resulta totalmente falaz, equívoco y perverso, sobretodo cuando muchos de ellos no se atreven a opinar sobre la reparación de su ordenador, de su coche, o sobre el diagnóstico de cáncer dado por su oncólogo. El educativo es un sistema todavía más complejo, caótico y multifactorial que un ordenador personal, un motor de explosión o que una metástasis corporal. La razón es simple, sabemos como funciona un xip, un coche y un tumor, pero desconocemos todavía como nuestra mente aprende. No obstante, y hoy en día, se opina, critica y exige tanto al sistema de enseñanza que parece un partido Barça – Real Madrid, todo el mundo sabe de fútbol, pero nadie juega en el campo.

Hoy en día, se opina, critica y exige tanto al sistema de enseñanza que parece un partido Barça – Real Madrid, todo el mundo sabe de fútbol, pero nadie juega en el campo

Segundo, todas las pedagogías antes mencionadas se definen como innovadoras acusando a las didácticas actuales de nostálgicas de la EGB, pero muchas de estas pedagogías añoran el sistema educativo de la republicana del 36, o, y en parte, de la Ley General de Educación de 1970. Dada tanta nostalgia hay que apartarla y promover las estrategias educativas probadas, y dejar de confundir innovador con mejor, y pasado con peor. Aun así, las pedagogías teóricas siguen llamándose a si mismas innovadoras aunque hundan sus raíces en el idealismo alemán del siglo XVIII, en su posterior pedagogía progresista del XIX, en su heredero constructivismo de inicios del XX y en las escuelas de la extinta República española. Es decir, como mínimo tienen más de dos siglos y por tanto poco de innovador. Sólo un ignorante en historia se obstinaría en llamar innovadoras a las pedagogías teóricas. Además, no se trata de innovar el sistema educativo, se trata de mejorarlo. Queme usted su hogar y lo habrá innovado, pero en el caso que crea que lo ha mejorado, no provoque un incendio en casa de los demás. Este ha sido el error de las pedagogías teóricas, les ha parecido muy divertido organizar unas fallas valencianas en vivienda ajena, ya que resulta más fácil atacar y desprestigiar la didáctica profesional que sustituirla por prácticas eficientes.

Tercero, todas las pedagogías anteriores se preocupan más de la felicidad del infante que de las necesidades de la sociedad en su conjunto. La felicidad resulta un concepto abstracto y relativo que cambia radicalmente si lees al socrático Platón, al constructivista Piaget o al nacionalsocialismo de Mi Lucha. Por tanto, y si no hay acuerdo universal en el concepto de felicidad, resulta vana toda pedagogía que se fundamente en un término tan subjetivo, inconcreto e intangible. En cambio, sí se está mayoritariamente de acuerdo que la enseñanza debe llenar a los individuos de conocimientos reales para su óptima inserción útil, cívica y cultural en la sociedad adulta. Sorprendentemente la rudimentaria pedagogía teórica tampoco está de acuerdo con la memorización del saber.

Mientras no sepamos cómo capta, compila y transcribe nuestro encéfalo la información, poco podremos teorizar de cuál es la mejor pedagogía para el aprendizaje

Cuarto, y lo más obvio, mientras no sepamos cómo capta, compila y transcribe nuestro encéfalo la información, poco podremos teorizar de cuál es la mejor pedagogía para el aprendizaje. Sin saber hoy en día como nuestra mente memoriza y ordena los conocimientos, resulta ciega cualquier hipótesis que asegure saber cómo hacerlo de manera fácil y feliz. Nuestra mente adquiere y cataloga las enseñanzas de muchísimas maneras desconocidas por lo que no puede existir una pedagogía central y única del aprendizaje cómodo y alegre. De hecho, lo poco que científicamente sabemos de nuestro encéfalo no encaja con ninguna de las pedagogías teóricas anteriores. Por ejemplo, y lo ratificó su creador Howard Gardner en 1999, no existen inteligencias múltiples confinadas en zonas cerebrales distintas, pero sí ignorancias múltiples para quien lo defiende; no hay conocimientos abstractos en el individuo sin la instrucción de un educador docto; y por último la mente humana tiene adaptaciones claras al premio y al castigo para hacerse adulto con esfuerzo, todo ello muy lejos de la antigua pedagogía del aprendizaje libre, fácil y espontáneo, algo que nos deja cinco puntos más por exponer en este fracaso escolar o fracaso político.

Este artículo forma parte de una serie titulada “Fracaso escolar o fracaso político“, a cargo de nuestro colaborador, David Rabadà.

Entrega anterior: Padres o docentes, ¿culpables del fracaso escolar? (59)

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