¿Qué es educar?

La educación de un hijo empieza antes de concebirlo / Pixabay

La buena educación debería ofrecer óptimos conocimientos para crear adultos autónomos, solidarios y críticos en base a un saber docto y veraz. En otro caso el sistema educativo vomitará millones de trabajadores parcos en su visión y víctimas de trabajos basura. Pero la política de este país, tanto de la izquierda como de la derecha, no acierta a proyectarlo con eficacia.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

Es más, y con demasiada insistencia veo que se culpa a los padres y maestros de los problemas educativos del país, algo que resulta en gran manera exagerado e injusto. La mayoría de progenitores y docentes hacen lo que deben y educan bien, sólo unos pocos, como en toda estadística, fallan en su objetivo. Para ello he buscado denominadores comunes entre muchos padres y profesores que he conocido en estos más de veinte años. De esta manera he establecido unos perfiles principales con sus buenos y malos ejemplos. A ello se han añadido muchos más testimonios que me han comentado sus anécdotas y peripecias entre pasillos y aulas. Pero antes cabe ampliar qué es educar. Uf, y menuda pregunta para algunos.

La educación no debería ser ni de izquierdas ni de derechas, sino una necesidad social para brindar oportunidades a cada nueva generación y así mejorar nuestra civilización

Volveré a insistir que el objetivo de toda educación debería ser formar personas cívicas, buenos profesionales y óptimos nuevos educadores, pero lo anterior se queda corto si has trabajado en multitud de centros. Cabe añadir que todo sistema educativo debe promover mentes cultas y críticas mediante la transmisión de conocimientos veraces, lógicos y éticos. Y sigue siendo parcial todo lo dicho. Aunque una buena educación debe preparar al individuo para que sea capaz de tomar las mejores decisiones ante las cambiantes situaciones de la vida. La educación y la enseñanza es un derecho universal para que los jóvenes aprendan conocimientos objetivos y contrastables sin prejuicios dogmáticos, políticos o históricos. La educación no debería ser ni de izquierdas ni de derechas, sino una necesidad social para brindar oportunidades a cada nueva generación y así mejorar nuestra civilización bajo unos valores compartidos y correctos. Sólo con lógica y hechos crearemos un auténtico pensamiento crítico, mientras que los prejuicios, bajo el sentido común adoctrinado, conllevan a la mediocridad y a la confusión. Así pues la educación debe ofrecer conocimientos, valores y habilidades que sirvan y orienten al individuo con efectividad. Si con ello logro que mis alumnos se sientan más felices que desdichados, será la repera. Y conste que la felicidad, como decían Platón y Ghandi, la da el esfuerzo y no la facilidad en alcanzar las cosas. Ante el deseo uno se pone a trabajar para alcanzarlo, y mientras lo intenta lo vive con ilusión, pero si lo consigue aparece más felicidad. En el caso que el objetivo no se cumpla, mis alumnos refuerzan el psique para superar mejor las futuras y seguras frustraciones de la vida, algo que evita caer en infelicidades mayores. La felicidad en educación no es el objetivo, sino superar la infelicidad con buenos conocimientos y óptimas decisiones. Aquí muchos pedagogos y políticos ya me llevarían la contraria.

 

¿Enseñar o educar?

Cabe observar que enseñar es distinto de educar. El primero ofrece conocimientos contrastados al estudiante mientras que el segundo otorga valores morales y habilidades sociales; enseñar orienta con realidades mientras que educar orienta con ética. Aún así, y para no repetir demasiado una u otra palabra, las utilizaré indistintamente bajo el significado de transmisión de conocimientos y valores, es decir, enseñamos y educamos a la vez. Hay quienes priman los valores por encima de los conocimientos y otros que defienden lo contrario. Normalmente el saber recae más en secundaria y la educación en muchas partes, sobretodo en la familia. Y allí el primer reto, ser o no ser padres.

 

Ser o no ser

Un día una madre me decía en una entrevista.

–  Hoy en día los padres tenemos miedo a educar. Todo lo que hacían nuestros abuelos parece estar mal. Ser padres resulta una de las asignaturas más difíciles de la vida.

–  ¿Por?

–  En primer lugar por que nadie te enseña a ser padres, y en segundo debes aprender rápido cuando los nueve meses dan a luz.

Y tenía mucha razón. Este salto a la otra orilla, a la materna y a la paterna, implica un gran compromiso, que no implicación. Recuérdese que en unos huevos fritos con jamón la gallina se implica pero el cerdo se compromete.

La educación de un hijo empieza antes de concebirlo. Preguntarse cuál es la razón que nos impulsa a tener ese zagal es de suma importancia para sus próximas décadas y formación venidera. Las razones que conllevan concepciones pueden ser múltiples: fruto del amor, del reloj biológico, del deseo de compañía, del azar no deseado, de querer consolidar la pareja, de la consigna vaticana tantos hijos como diga Dios, o del anhelo de perpetuar el legado de la propia estirpe, aunque existe una razón que no se ha mencionado y que ostenta la mayor importancia, el deseo de educar en la autonomía, la responsabilidad y el respeto, el anhelo de crear un gran ser humano. Yo como profesor lo siento así.

Ese bebé que se encargó a la cigüeña, a París o al hospital del in vitro, debe ser diana de este objetivo: educar

Por tanto, ese bebé que se encargó a la cigüeña, a París o al hospital del in vitro, debe ser diana de este objetivo, educar. En otras palabras, hay que parir pensando en educar y no en París pensando en parir. A largo plazo el objetivo de todo educador, padre, madre o docente, debe ser conectar, hacerse líder y referente entre los niños. Cuando en el aula logro que confíen en mi, estos alumnos aprenden con mayor facilidad. Es más, acceden mejor a mis consejos y ello me permite mi objetivo, enseñar y educarles. Ellos deben confiar en nosotros para que nosotros podamos confiar en ellos. Hay que alimentar ese pez que se muerde la cola, la confianza genera más confianza. De hecho en algunos de los países con mayor éxito académico, como Estonia y Finlandia, cualquier docente resulta el líder indiscutible de la clase. Para ello, y en mi caso, intento ser consciente de las necesidades de mis alumnos. Y a ello nos dirigiremos en el próximo capítulo, a sus edades y necesidades.

Este artículo forma parte de una serie titulada “Fracaso escolar o fracaso político“, a cargo de nuestro colaborador, David Rabadà.

Entrega anterior: Fracaso escolar o fracaso político (1)

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