Como dice López Nicolás, profesor de Bioquímica de la Universidad de Murcia, ‘el miedo vende mucho más que el rigor científico’ / Imagen: UAH

La ignorancia y la falta de información son los grandes aliados de la quimiofobia

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El término quimiofobia surgió en la década de los años 1960 ligado a la creciente preocupación sobre el uso de pesticidas como el DDT. Rachel Carson, con su libro ‘Primavera silenciosa’ fue la promotora de este movimiento.

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Isabel Iriepa

Isabel Iriepa

UAH / La quimiofobia es el miedo excesivo e injustificado a los productos químicos y a la química en general y se relaciona, cada vez más, con personas que sienten fobia ante las cosas de origen artificial. ‘Se trata de un miedo completamente irracional, pero creciente, que hace pensar que todo lo natural es bueno y todo lo de origen artificial es malo’, señala Isabel Iriepa, experta de la UAH en química orgánica.

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Lo cierto es que parece un miedo a lo que no se ve, pero puede hacer daño, que siempre es mucho más terrorífico…

La incertidumbre hace que un peligro invisible sea más preocupante y por eso el ser humano teme las amenazas que no puede detectar con sus sentidos. Tenemos más miedo a las cosas que no podemos controlar. La ignorancia y la falta de información son los grandes aliados de la quimiofobia.

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Gente que no come pescado por miedo al mercurio, gente que no vacuna a sus hijos…¿Qué riesgos está corriendo la sociedad en general y cada individuo en particular con esta fobia creciente?

La quimiofobia puede llevar a renunciar a hábitos sanos, como ocurre con el miedo a la ingestión de mercurio en pescados y mariscos. Mucha gente ha dejado de comer marisco y pescado en general por miedo al mercurio que, en niveles altos, es una sustancia neurotóxica que puede dañar el cerebro, pero las pequeñas cantidades que se encuentran en la mayoría de los peces no son suficientes para causar preocupación. Al dejar de comer pescado están perdiendo nutrientes clave que son importantes para el crecimiento y la reparación del cerebro y para el buen funcionamiento del corazón. Es decir, que al dejar de comer pescado están haciendo más daño a sus cuerpos que si hubieran disfrutado de una buena mariscada.

La Quimiofobia no solo se da en el mundo la alimentación, sino que extiende al mundo de la salud. Por ejemplo, cada vez son más los padres que rechazan vacunar a sus hijos, al considerar, llevados por la ignorancia, que les hacen daño cuando en realidad les están protegiendo. Millones de niños mueren por no ser vacunados; sin embargo, el caso contrario no se produce.

La quimiofobia puede llevar a renunciar a hábitos sanos, como ocurre con el miedo a la ingestión de mercurio en pescados y mariscos

Tampoco es raro encontrar personas que acuden a la medicina naturalista y alternativa para tratar determinadas dolencias. Esto puede ser muy peligroso. Por poner un ejemplo: si utilizamos plantas para medicarnos hay que tener en cuenta que éstas tienen distintos componentes, algunos de los cuales pueden ser perjudiciales para el individuo, dependiendo de su estado de salud o, incluso, pueden llegar a interaccionar con la medicación que esté tomando. Sin embargo, los fármacos han pasado unos controles exhaustivos de seguridad, sabemos exactamente qué estamos tomando y de ellos se conocen la mayoría de sus aplicaciones, de sus efectos secundarios y de sus posibles interacciones con otros fármacos. Este rigor científico debe de darnos seguridad.

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Cómo combatir la quimiofobia?

Vivimos en una sociedad en la que química es sinónimo de ‘artificial’ y ‘peligroso’. Una sociedad que rechaza la química. Los medios de comunicación y la mala utilización del marketing potencian una visión distorsionada e injusta. Confunden a los ciudadanos y atacan a una de las ciencias fundamentales que más ha contribuido al desarrollo de la Humanidad. Como dice López Nicolás, profesor de Bioquímica de la Universidad de Murcia, ‘el miedo vende mucho más que el rigor científico’.

Junto con la educación, la divulgación científica cumple un cometido fundamental para que nuestra sociedad sea más abierta y más libre

En efecto, uno se puede asustar al decirle que buena parte de lo que come contiene un potenciador de sabor llamado cloruro sódico o un conservante con la fórmula C12H22O11, también conocidos como sal y azúcar. Los promotores de la quimiofobia usan datos técnicos fuera del contexto necesario para su adecuada interpretación y por eso en muchas ocasiones utilizan nombres que tienen sonidos intimidantes.
También es muy importante la dosis: toda sustancia puede ser perjudicial a determinadas cantidades. Incluso el agua puede ser perjudicial si tomas muchos litros en poco tiempo…
Frente a esto solo quedan dos alternativas: educación e información.

En mi opinión, es poca la importancia que se da a la química en el sistema educativo. Sería necesario hacer un mayor esfuerzo en los niveles de la educación obligatoria. Junto con la educación, la divulgación científica cumple un cometido fundamental para que nuestra sociedad sea más abierta y más libre. Y los periodistas deben hacer un esfuerzo para informar honestamente, dejándose asesorar por los expertos y no buscar la noticia sensacionalista.

Además, los químicos no debemos mirar hacia otro lado, debemos de salir de nuestros laboratorios. Es nuestra obligación hacer que la química forme parte cotidiana de nuestra sociedad. Que se conozca lo que hacemos, cómo lo hacemos, por qué lo hacemos y para qué sirve lo que hacemos. Y nadie puede explicar mejor la importancia de lo que hace que quien lo hace.

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La química también puede ser natural, pero desde luego la sintética ha ayudado enormemente al desarrollo de la sociedad tal y como la conocemos hoy…

Gracias a la química el ser humano ha conseguido sus niveles actuales de calidad de vida

Gracias a la química el ser humano ha conseguido sus niveles actuales de calidad de vida. El efecto que la ciencia y la tecnología han tenido y tienen en la mejora de nuestras condiciones de vida es evidente en todo tipo de ámbitos. Como consecuencia de ello, hoy vivimos mucho mejor que hace cien años. Tenemos mejores viviendas, con un ambiente mucho más saludable y con electrodomésticos que nos hacen la vida más fácil. Tenemos mejores ropas, y gracias a ello no pasamos tanto frío en invierno.

Los medios de transporte han mejorado enormemente en los últimos cien años, hasta el punto que podemos llegar a casi cualquier lugar del mundo en unas pocas horas. Nuestra esperanza de vida es ahora más larga y, además de vivir más tiempo, también vivimos mejor. No creo que nadie ponga esto en duda. Algo diferente es cuál es el precio, si es que existe ese precio, que tenemos que pagar para que esto sea así. Pero incluso existiendo tal precio, todas esas mejoras han venido de la mano de la química y de la ciencia en general.

Por todo lo anterior, es difícil entender de dónde vienen la desconfianza, el escepticismo y la incredulidad que la sociedad muestra ante la ciencia en general y la química en particular.

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