¿Qué pasa con el horario?

A raíz del resultado de la encuesta, parece que la UE dejará «libertad» a cada país para que adopte el horario que juzgue más oportuno / Pixabay

El debate sobre la modificación del sistema horario está en la palestra. Una encuesta telemática llevada a cabo por el Parlamento Europeo, arrojó unos resultados mayoritariamente contrarios al actual modelo de alternar un horario de verano con otro de invierno.

 

Xavier Massó | Catalunya Vanguardista

Que la muestra no resulte significativa dado cómo se obtuvo, o que incluso más allá del hecho sociológico -no estadístico-, la propia difusión de la encuesta auspiciara la participación masiva de los contrarios, inhibiendo a los favorables o indiferentes, no parece importar demasiado. El sesgo acusadamente germánico de la muestra, al parecer tampoco. El caso es que se ha abierto la caja de Pandora de los horarios.

De entrada, aclaremos un par de cosas. La primera, que todo sistema horario es parcialmente una convención. Parcialmente porque aunque se establezca a partir de referencias astronómicas, da igual que le digamos a un instante del día las 6 o las 7; lo relevante es si hay luz o es de noche. Su objetivo no es otro que la cuantificación de nuestro tiempo vital de acuerdo con los ritmos circadianos humanos que, dicho muy elementalmente, regulan la vigilia y el sueño en la secuencia del día y la noche.

A estas alturas del debate, tendríamos tres propuestas de cambio horario

Y la segunda, que las horas de luz y obscuridad no son constantes a lo largo del año, sino variables. El día con más luz del año es el del solsticio de verano –sobre el 21 de junio-, en nuestras latitudes geográficas con poco menos que 15 horas de luz frente a 9 de oscuridad. Y el día con menos luz es el solsticio de invierno –sobre el 21 de diciembre-, a la inversa que en el de verano. Y esto es un hecho incontrovertible al que hemos de adaptarnos, nos guste o no, y que no hemos de perder de vista.

España se rige actualmente por el horario marco establecido por la UE; en nuestro caso, UTC+1 en invierno y UTC+2 en verano

El horario de referencia mundial se denomina actualmente UTC[1], que es la hora del meridiano cero o de Grenwich. España se rige actualmente por el horario marco establecido por la UE; en nuestro caso, UTC+1 en invierno y UTC+2 en verano.

A raíz del resultado de la encuesta, parece que la UE dejará «libertad» a cada país para que adopte el horario que juzgue más oportuno. Y como era previsible, aquí han empezado a proliferar todo tipo de propuestas en las que cada cual, barriendo pro domo sua, ha aprovechado para hacer su propia sinécdoque: que si nos hemos de europeizar y adoptar los mismos horarios que en la islas Lofoten, que si aquí la televisión emite hasta demasiado tarde y un nuevo horario lo arreglaría -¿cómo? Nos preguntamos…-, que si los bares y los cines deberían cerrar antes, que si los horarios laborales, que si las horas de comidas son irracionales, que si el jet lack de marzo y septiembre con sus traumáticas secuelas para el equilibrio psíquico… Siempre enfatizando algunos aspectos, tópicos en muchos casos, y olvidando que jugar al aprendiz de brujo puede resultar peligroso.

Lo que pretende el modelo horario hasta hoy vigente es el máximo aprovechamiento de las horas de luz

En definitiva, lo que pretende el modelo horario hasta hoy vigente es el máximo aprovechamiento de las horas de luz, ajustándolas en lo posible a nuestra vigilia; también por razones económicas y de ahorro de energía nada desdeñables. A estas alturas del debate, tendríamos tres propuestas de cambio horario. A saber: mantener el horario de verano durante todo el año, implantar el de invierno, igualmente todo el año, o adoptar el horario ‘portugués’ y británico, que admitiría como mínimo dos subvariantes, una manteniendo el horario de verano e invierno, solo que con una hora menos en cada caso, y otra con uno de los dos para todo el año.

¿Pero qué cambiaría en realidad? Pues sin duda mucho, pero prácticamente nada de lo que se dice que cambiaría. Para empezar, y remitiéndonos a España, de adoptar para todo el año el horario de verano, resultaría que en invierno el Sol no saldría hasta las 9:20h. Una hora en la cual la mayoría de actividades están ya en marcha o a punto de iniciarse. Si, en cambio, adoptamos el horario de invierno, entonces en verano amanecería a las 5:30h, unas horas en las que el común de los mortales acostumbra a estar todavía durmiendo. Si adoptamos el modelo inglés con horario de verano y de invierno, entonces en diciembre estaríamos en UTC y anochecería a las 16:30. Y si nos quedamos todo el año con UTC, entonces en verano amanecería a las 4:30h… Aun dejando de lado los costes energéticos ¿Nos apetecería que a las cuatro y media nos despierte la luz del Sol, o que después de comer al mediodía en invierno oscureciera al cabo de una hora? ¿A qué lleva todo este guirigay?

¿Nos apetecería que a las cuatro y media nos despierte la luz del Sol, o que después de comer al mediodía en invierno oscureciera al cabo de una hora?

Y es que hay más, como ha apuntado muy acertadamente un catedrático de Física -en este caso apuntando a los piensan que estos cambios nos harían ajustar nuestros horarios de comidas a los europeos-, si en Madrid se come a las 14h y en Londres a las 13h, en realidad madrileños y londinenses están comiendo simultáneamente en el tiempo, porque las 14h en Madrid son las 13h en Londres. Solo si España adoptara el horario británico –una hora menos que el nuestro-, entonces sí que comiendo a las 14h lo haríamos una hora más tarde que los ingleses. Cierto que el ejemplo no vale para Francia –París está a una longitud parecida a la de Barcelona, tiene el mismo horario y los franceses comen antes-, pero es una demostración de las incoherencias en que podemos incurrir y de los despropósitos que podemos desatar.

Porque hay que tener también en cuenta otros factores, como las horas de Sol, que dependen, en este caso, de la latitud. España está entre los 36º y los 44º de latitud norte, una zona con más horas de Sol que, por ejemplo, Londres o las Highlands escocesas. Parece lógico aprovecharlas en beneficio propio. Y sí, es verdad, entre Menorca y Finisterre hay una hora solar de diferencia, pero si entonces la alternativa es establecer horarios autonómicos, pues apaga y vámonos.

Si alguien está tomando tapas y cañas, lo más probable es que siga haciéndolo caiga la noche a las cuatro o a las diez / Pixabay

Los hábitos horarios de una sociedad son el resultado de su adaptación al tiempo cronométrico, al clima y al propio desarrollo social que más o menos se adapta a ambos. El cambio de horario en verano e invierno es ciertamente una convención, pero consigue que sigamos más o menos con el mismo régimen sin grandes alteraciones y aprovechando las horas de luz. Igualmente, y más allá de otras consideraciones, si la gente está viendo la televisión a medianoche, o tomando tapas y cañas, lo más probable es que siga haciéndolo caiga la noche a las cuatro o a las diez. Y lo mismo en lo que refiere a las horas de las comidas.

En cualquier caso, el problema no es el sistema horario. Porque, además, nadie está obligado a ver la televisión con nocturnidad ni a hincharse de tapas. Y ello en el dudoso supuesto, claro, de que esto sea un problema. Por ello, por no ser el sistema horario el problema, las propuestas de modificarlo no solo no la solución, sino una fuente de nuevos problemas, estos sí, reales. De modo que mejor dejémoslo como está. Que hay mucho aprendiz de brujo suelto por ahí vendiendo motos sin ruedas.

[1] UTC, acrónimo de ‘Universal Time Coordinated’. En la práctica y para entendernos, es como el antiguo GMT (Grenwich Meridian Time), pero con horario de 0h a 24h, es decir, sin el am o el pm que indicaba si era hora de mañana o de tarde.

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