¿Selectividad o Reválida?

Diábolo es un juego constituido por la figura que forman dos conos unidos en sus vértices que se hacen deslizar a través una cuerda sostenida por sendos palos que la suben y bajan / Imagen: Wikipedia

El «diábolo» educativo español

 

Xavier Massó_editedXavier Massó / x.masso@catalunyavanguardista.com

Diábolo es un juego constituido por la figura que forman dos conos unidos en sus vértices que se hacen deslizar a través una cuerda sostenida por sendos palos que la suben y bajan. En estadística estremece ver los gráficos «diabólicos» de países que pasaron por la I Guerra Mundial. No puede ser, o no debería ser, que haya entre la población viva más individuos de 55 años que de 35. No en una distribución estadística normal. El gráfico tiende a parecerse entonces a un diábolo: dos conos, o dos triángulos, unidos por sus vértices, que dejan un delator hueco en medio. Una figura «diabólica».

La Selectividad fue instituida por el régimen franquista; la Reválida fue abolida por este mismo régimen

Se dice que la distribución de la población española según su formación se parece demasiado a la figura del diábolo. En la abscisa, un ancho segmento de población muy poco o nada formada; en la cúspide de la ordenada, otro segmento, menos ancho que el de la base: universitarios. Entremedio, nada o muy poco. Al menos comparado con países homologables al nuestro, en los cuales este sector es el que constituye la barriga del tonel gráfico, que aquí es oquedad. Desde que alguien creyó caer en esta cuenta, no levantamos cabeza, educativamente hablando. Porque nada más falso que sea por exceso de universitarios esta deficiencia, sino por exceso de base poco cualificada que enflaquece la barriga estadística.

La reciente polémica sobre la Reválida rebautizada en (ex novo) selectividad, no es más que una secuela de todo el despropósito educativo en que estamos imbricados desde hace ya casi cuarenta años. Pretender que universitarios se conviertan en técnicos profesionales es no haber entendido nada. Son los excesos de fracaso escolar y abandono prematuro los que deberían, sociológicamente hablando, cubrir este déficit  para que nos homologáramos con nuestros cofrades europeos. Pero como esto está prohibido decirlo, hemos de decir que nos sobran universitarios[1]… Pues qué bien, como si a alguien que le sobrara sebo le dijeran que lo supla creciendo en estatura.

Imagen: Wikipedia
Imagen: Wikipedia

Antes de proseguir, aclaremos algunos extremos. Primero (aviso para navegantes sin brújula): La Selectividad fue instituida por el régimen franquista; la Reválida fue abolida por este mismo régimen. Por lo tanto, si algo es propio de la educación franquista, es la Selectividad, y no la Reválida. Segundo: En ambos casos (Selectividad o Reválida), se trata de pruebas externas; esto significa que elaboración y corrección corren a cargo de personal ajeno al que ha tenido previamente a su cargo directo a los examinandos. Tercero: Una cosa es un examen de graduación, y otra una prueba ingreso. En un caso, se ratifica lo que uno ha acreditado al concluir un determinado itinerario formativo; en el otro, lo que se acredita son los requisitos que ha de reunir para acceder a una etapa ulterior. La Reválida se corresponde con lo primero, la Selectividad con lo segundo. Y cuarto: Reválidas, entendidas como pruebas externas de graduación, las sigue habiendo en países tan geográfica y culturalmente «alejados» del nuestro como, por ejemplo, Italia o Francia. Se trata de una práctica común y asentada en muchos sistema educativos.

Se puede discutir sobre la conveniencia o no de establecer exámenes externos, pero lo que no se debe hacer es cambiar sin más el nombre de las cosas sin que estas cambien. Porque, entonces, estaríamos engañando. Y esto es precisamente lo que parece estar ocurriendo con la Reválida de Bachillerato.

En el sistema educativo español, con todos sus muchos y endémicos defectos, hubo siempre una Reválida. Una vez con el título en el bolsillo, se podía acceder a la Universidad. Cabe añadir que muchas facultades llevaban a cabo además su propio examen de acceso. Los criterios que regulaban dicho examen iban desde los de orden académico hasta los más estrictamente de selección por razón del abolengo social acreditado. Así era.

Pero la imperiosa necesidad objetiva que impusieron los años del desarrollismo sesentista, obligó incluso a un régimen tan esclerótico como el franquista a entender que había demanda de cuadros preparados a distintos niveles, de los que se carecía. Y esto obligó a cambiar, al menos parcialmente, la estructura del sistema educativo español. Dicho de otra manera, se imponía una alfabetización generalizada, igual que en niveles superiores, hasta entonces en manos de facultades cuyo elitismo intelectual corría parejo a la práctica de la «simonía», devino ineludible tener que producir más licenciados e ingenieros de los que la reproducción natural de las élites de siempre estaban en condiciones de aportar. Hubo que recurrir a los pobres; tal cual. ¡Que estudien!

Por la base, se generalizó la educación obligatoria hasta los catorce años. Y lo que hasta entonces había sido un bachillerato de siete años, se recompuso en seis[2] y un curso Preuniversitario –el “Preu”-, cuya superación abría las puertas a la Universidad, a cualquier facultad. Sin examen alguno. Al poco tiempo, el “Preu” se transmutó en “COU” –Curso de Orientación Universitaria-. Con esto, la Reválida desapareció de hecho, quedando sólo como opcional para quienes no fueran a proseguir con estudios universitarios. Ya con la LGE de 1970, desapareció definitivamente.

Este modelo funcionó más o menos durante un decenio[3]. A los cada vez mayores índices porcentuales de escolarización, se le añadió el efecto baby boom de finales de los cincuenta y todos los sesenta. Aún con porcentajes estadísticamente por debajo de los de la Europa avanzada, cuando estas cohortes generacionales accedieron la escolarización, y al Bachillerato y al COU, colapsaron la Universidad con unos niveles de demanda que su obsoleta y anacrónica estructura era incapaz de absorber.

Pruebas de selectividad
Pruebas de selectividad

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El colapso se solucionó con un apaño, la «Selectividad». Después de cursar y aprobar COU, se estableció una prueba de ingreso de cuya superación dependería el acceso a la Universidad. Y como la demanda seguía superando a la oferta[4], el corolario fueron las notas de corte, donde cada facultad, en función de sus disponibilidad oferta de plazas, establecía una nota mínima para poder acceder a ella. Con ello, el COU se convirtió en un curso de preparación para la Selectividad.

La Selectividad se convirtió desde poco después de instituida en un examen de ingreso a la Universidad según cuyos resultados, se iba a poder acceder o no a una determinada facultad, o a la de al lado, o a la de unos cuantos kilómetros más allá. Quedarían muchas cosas por decir en este largo excurso, que tendremos que omitir por razones de extensión. Digamos, a modo de conclusión, que este modelo de la Selectividad es el que, sin grandes variantes, ha pervivido durante los últimos 40 años[5]. También desde entonces, la Selectividad es una prueba de ingreso a la Universidad cuya organización corre a cargo, lógicamente, de la institución universitaria.

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La llegada de la LOMCE

La Ley Orgánica 8/2013 de Mejora de la Calidad Educativa, más conocida como LOMCE, venía a cambiar este estado de cosas. Se establecía una Reválida al final del Bachillerato –también otra al final de la ESO-, cuya superación sería necesaria para la obtención del título. Y estar en posesión del título de Bachillerato facultaba para acceder a la Universidad. A su vez, la LOMCE abría la posibilidad de que, en función de sus propias necesidades y/o requisitos, determinadas facultades establecieran pruebas específicas de acceso, al margen de la Reválida.

Se pasaba de una prueba externa de acceso –la Selectividad-, a otra prueba igualmente externa, pero en este caso acreditativa de final de etapa

En resumen, se pasaba de una prueba externa de acceso –la Selectividad-, a otra prueba igualmente externa, pero en este caso acreditativa de final de etapa. No parece pues muy razonable que, aquellos que, desde sus convicciones educativas, estén contra las pruebas externas y hasta incluso contra toda prueba o examen –externo, interno o a media pensión-, se hayan manifestado desde un primer momento furibundamente contra la Reválida, a la vez que, muy poco «innovadoramente», pidan mantener el status actual con la Selectividad.

Para la Universidad, la cosa no varía substancialmente. Porque según el itinerario que se curse en los dos años de Bachillerato, las opciones a las distintas facultades vienen predeterminadas; porque quien estructura y da cuerpo a todo esto es un mismo órgano competente  –el Ministerio del ramo-, con lo cual la coordinación y cohesión académicas deberían quedar garantizadas; y porque las notas de corte que han de permitir discriminar en el acceso a las facultades universitarias, seguirían funcionando exactamente bajo los mismos parámetros que hasta ahora.

Manifestación contra la Reválida
Manifestación contra la Reválida

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Otra cosa es si nos preguntamos qué es más pertinente: si una Reválida de Bachillerato o una Selectividad como examen de ingreso a la universidad. Pero esta es una pregunta que, en todo caso, dejaremos para mejor ocasión. Aquí lo que nos preguntamos es el porqué de tanto ruido para tan pocas nueces. Porque según todo parece indicar, los últimos «avances» del MECD, en materia de Reválida, parece que consisten simplemente en rebautizar la Selectividad con el nuevo nombre de Prueba General de Bachillerato, y dejar el resto, es decir la Selectividad enterita, como estaba.

Aquí lo que nos preguntamos es el porqué de tanto ruido para tan pocas nueces

Se puede entender que si se trata de un examen de ingreso a la universidad, corra a cargo de la institución universitaria y de los profesionales que imparten docencia en ella; y se puede entender que dichas pruebas tengan lugar en espacios universitarios. Se podría entender también que si la única vía de salida de los estudios de Bachillerato fuera la universitaria, la Reválida tuviera que hacerlos partícipes activos; pero no es el caso: se exige también para acceder a los Ciclos Formativos Superiores de la Formación Profesional. Ahora bien, si de lo que se trata es de la obtención del título de Bachillerato –y esto es lo que se le supone a una prueba general de Bachillerato-, ya no se puede entender nada de lo anterior.

Como tampoco se puede entender el celo de ciertas Administraciones educativas contra las pruebas únicas, al menos en ciertas materias. En este país con un único sistema educativo –no diecisiete, como dicen malas voces-, pero muy malo, un examen único sería garantía de que no se margina a nadie. Aunque esto sea harina de otro costal. Porque, vamos a ver, y a modo de ejemplo: si de acuerdo con el currículum, un alumno con 2º de Bachillerato aprobado y que haya cursado Matemáticas, ha de poder acreditar un cierto dominio en logaritmos  ¿A qué le temen estas Administraciones? ¿O es que alguien está haciendo trampas y no explica logaritmos? ¿No van encaminadas a mejorar resultados todas las innovaciones educativas y pedagógicas que se están llevando a cabo? ¿Entonces, dónde está el problema? ¿Por qué precisamente los más innovadores están contra una prueba externa, la lleve a cabo quien la lleve? ¿Hay gato encerrado? ¿Quién se niega a ser evaluado? ¿No habría, si la hubiere, parcialidad desenmascarable en unas pruebas «jacobinas» de Matemáticas?

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Como «Juan Palomo», el del yo me lo guiso, yo me lo como

¿Por qué precisamente los más innovadores están contra una prueba externa, la lleve a cabo quien la lleve?

Estamos en un sistema educativo que se enorgullece de ser pionero en la escuela inclusiva, que promueve la atención a la diversidad hasta en el Bachillerato, con una autonomía de centro que permite todo tipo de adaptaciones y diversificaciones curriculares, trabajo por proyectos en lugar de materias y hasta la promoción de curso automática… Todo ello en aras a la mayor calidad del sistema educativo ¿Nada de esto sirve para la Reválida?

Diatribas pedagógicas aparte, aquí lo que parece claro es que las maravillas educativas que se nos anuncian a diario, más bien parece que tengan algo del ínclito «Juan Palomo», el del yo me lo guiso yo me lo como, y que acaso alguien nos esté dando gato por liebre. Porque, de lo contrario ¿qué problema hay en que cualquier comunidad autónoma acredite empíricamente lo bien que lo está haciendo? ¡Al contrario! Sería una demostración empírica de su buen criterio.

La cuestión de fondo subyacente a todo esto es que, aquí, el evaluador no admite ser evaluado. Este es el auténtico problema. Y su trasunto son las Reválidas, una fobia que no depende precisamente de grandes principios o convicciones educativas y pedagógicas, sino de otras de índole mucho más mundana, como la sospecha de que en una contrastación empírica, objetiva y externa, sus resultados no estén a la altura de las intenciones proclamadas.

Son especialmente significativas las conclusiones que arroja el siguiente estudio[6], a partir de los informes PISA, al poner en relación los resultados de los distintos países, y la posición que ocupan en el ranking, al agruparlos puestos en relación con dos variables: la existencia de pruebas externas al final del ciclo, y la autonomía de centro escolar según el sistema educativo del país. Este es el gráfico:

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Las columnas azules se corresponden a los países con exámenes externos final de ciclo, las amarillas a los que no los tienen. A la derecha, el grupo de países cuyos sistemas educativos dan autonomía a los centros educativos, a la izquierda los que no. Los resultados son de por sí suficientemente elocuentes.

Seguimos en el «diábolo» educativo, y sin trazas de que vayamos a salir de él

Como afirma el profesor Cabrales[7] en sus comentarios sobre este estudio: “Como se puede ver los exámenes externos tienen una influencia importante, y cuando existen la autonomía todavía ayuda algo. Por el contrario, si no hay exámenes, la autonomía es, de hecho, negativa. Mi interpretación es que exámenes comparables objetivamente crean un entorno de rendición de cuentas, en el que la autonomía permite optimizar mejor, con el conocimiento del terreno. Por el contrario, dar libertad sin pedir cuentas es una receta para el desastre”.

Huelga decir que nuestro sistema educativo, desde Primaria hasta el Bachillerato, no tiene exámenes externos final de etapa, y tiene –entre sus mayores motivos de gozo- autonomía escolar de centros. O sea, estamos en el color amarillo, y en el euclidianamente plano cuadrilátero de la derecha. Lo dicho: la receta para el desastre.

Seguimos en el «diábolo» educativo, y sin trazas de que vayamos a salir de él. Claro que, a lo mejor, si fuera un cilindro no se le podría deslizar por la cuerda a antojo… como las manos que mecen la cuna. Llevamos casi medio siglo en un auténtico «diábolo« educativo. Y más que nos queda… al paso que vamos.

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Referencias:

[1] Tema a parte, que si cabe abordaremos en otra ocasión, es la pésima distribución de estos títulos universitarios. Tenemos sólo en las provincias de Madrid o Barcelona, más abogados que en toda Francia, por no hablar de pedagogos o psicólogos, cuyo efecto es si cabe más nocivo, a los que hay que colocar como sea y al precio que sea, para mantener las facultades. Pero esto sería, en todo caso, un problema de planificación socialmente perverso, no de que sobren universitarios. Los porcentajes españoles de universitarios son homologables a los de los países de la UE. Pocos más, o pocos menos.

[2] El Bachillerato Elemental, de primer curso hasta cuarto, tenía también una reválida que fue suprimida a principios de los setenta que otorgaba el título de Bachillerato Elemental, frente al de Bachillerato Superior, que se obtenía con la Reválida de sexto curso. Luego, con la LGE de 1970, se redujo a tres años más COU.

[3] El modelo 6+1, ya fuera con «Preu» o con «COU», en ambos casos con acceso libre a la Universidad, sin restricciones, funcionó en la práctica entre mediados de los sesenta y principios de los setenta.

[4] Los porcentajes medios de superación de las pruebas de selectividad, más o menos constantes a lo largo de su historia, rondan el 95%. No parece que, como filtro, al menos en este sentido tuvieran demasiadas consecuencias. Otra cosa es en lo referente a las notas de corte requeridas para acceder a cada facultad, en función, simplemente, de sus capacidades de oferta de plazas. Con ello se «encarecían» ciertas facultades, pero sólo en función de criterios de oferta y demanda académica.

[5] Las primeras pruebas de Selectividad tuvieron lugar en el año 1975 (curso 1974/75)

[6] Eric A. Hanushek, Ludger Woessmann: “The Economics of International Differences in Educational Achievement” (2010). Discussion Paper Series (IZA DP No. 4925).

[7] Antonio Cabrales: Exámenes externos, resultados y teaching to test (2013). En Antonio Cabrales http://nadaesgratis.es/cabrales/examenes-externos-resultados-y-teaching-to-the-test#more-33475

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2 Comentarios

  1. En el artículo se asegura que la reválida se exige para acceder a los Ciclos Formativos Superiores de la Formación Profesional. No es así . En el artículo 41, apartado 3, párrafo a , de la LOMCE se dice que el acceso a los ciclos formativos de grado superior requiere unicamente el certificado acreditativo de haber superado todas las materias de Bachillerato.

    El carácter de examen de graduación en vez de ser un examen de ingreso, que sea diseñado y aplicado por las administraciones públicas, que en su regulación, preparación y desarrollo estén involucrados el consejo de ministros, los gobiernos autonómicos y las conserjerías de educación, todos los profesores de la enseñanza secundaria , la transcendencia política y mediática que tendrán los resultados etc hacen que me cueste mucho creer que será la selectividad con otro nombre.

    Las pruebas de evaluación externa que, con dos años de separación, afectarán a todos los estudiantes y por tanto a todos los profesores, se convertirán, si “las fuerzas del cambio” no lo impiden, en un aspecto determinante del sistema.

  2. En cuyo caso, entonces, más aun a favor de la reválida como selectividad rebautizada. Hasta ahora, la superación de todas las materias del bachillerato suponía estar el disposición del título. Si ahora no va a ser así, el examen de graduación es en realidad un examen de ingreso muy mal camuflado. Y esto, a mi entender, complica todavía más las cosas. En cualquier caso, muchas gracias por su observación.

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