Artículo de Opinión sobre la nueva propuesta del Ministro de Educación, Cultura y Deporte

¿Son los docentes los “culpables” del sistema educativo?

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El ministro de Educación, Cultura y Deporte, Íñigo Méndez de Vigo, ha anunciado que propondrá la implantación de un sistema de acceso a la docencia parecido al que rige para los médicos, el MIR, con la intención de incluirlo en el Pacto Nacional por la Educación que actualmente se está debatiendo. Tendría una duración de dos años, al final de los cuales, como en el caso de los médicos, debería superarse una prueba o examen.

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Xavier Massó_editedXavier Massó / No diremos de entrada ni que sí, ni que no, ni siquiera que todo lo contrario. La idea de un MIR educativo que regule el acceso a la docencia ni es nueva ni algo que, de entrada, sea en sí bueno o malo, sino que depende, o dependerá, sin duda entre otros, de dos factores que, al menos de momento, no están nada claros. En primer lugar, de cómo se estructure y lleve a cabo dicho MIR educativo de acuerdo con las prioridades que se establezcan, en consonancia con las marcadas por el sistema educativo y con la funciones y el desempeño de éstas atribuidas a los docentes. De lo que queramos para nuestro sistema educativo dependerá lo que les requiera a los docentes. ¿Sabemos lo que queremos?

En segundo lugar, la idoneidad o no del modelo «MIR» dependerá de cómo incida sobre la realidad educativa, la que es o la que se pretende que sea en un futuro, en la medida que actúe como un revulsivo que supere las actuales (supuestas) deficiencias formativas del profesorado en relación a lo que se quiere que sea el sistema educativo. Y si hablamos de revulsivo y de supuestas deficiencias es porque, no nos engañemos, la propuesta de un nuevo modelo de acceso presupone asumir que el actual no solo no funciona, ni basta con ligeros retoques, sino que se requiere, digámoslo así, de un giro coperniquiano.

La propuesta de un nuevo modelo de acceso presupone asumir que el actual no solo no funciona, ni basta con ligeros retoques sino que se requiere de un giro coperniquiano

Con ello se nos plantea una disyuntiva. O la propuesta consiste simplemente en adaptar la función docente a «lo que hay» -sea lo que sea-, o, por el contrario, se inscribe en un proyecto de mayor calado que apuntaría hacia una transformación a fondo del sistema educativo, siendo entonces el modelo MIR solo una más entre otras muchas propuestas todavía por anunciar.

En el primer caso, se estaría dando por bueno el actual estado del sistema educativo, cuya única disfunción sería entonces casi exclusivamente atribuible a la (deficiente) formación del profesorado y a los (defectuosos) mecanismos de acceso a la función docente; de ahí que el establecimiento del nuevo modelo «MIR» fuera la propuesta «estrella», y prácticamente la única de cierto calado más allá de las habituales declaraciones de buenas intenciones y de las disquisiciones pedagógicas meramente retóricas al uso.

En el segundo, en cambio, estaríamos ante un reconocimiento implícito del estado actual de deterioro de nuestro sistema educativo y de la necesidad de superar el modelo heredado de la LOGSE (1990), de cuyo paradigma pedagógico las posteriores leyes educativas no han sido sino meros epígonos. De ser así, no se trataría solo de un cambio en la forma de acceso a la función docente, sino de la antesala de un nuevo modelo educativo que debería contener también propuestas para las distintas extensiones y dominios que lo configuran.

Eso sí, ignoramos cuáles son los designios del ministro, máxime cuando en sus declaraciones se detecta una cierta oscilación. Por un lado, se escandaliza ante los pobres conocimientos «acreditados» por los opositores de Magisterio, según los resultados de la convocatoria del 2011 (Madrid) que se hicieron públicos, lo cual da a entender que considera que un docente ha de conocer la materia que imparte con solvencia y rigor; algo con lo que no podríamos estar más de acuerdo. Pero por el otro, afirma que tenemos un buen sistema educativo… que si es tan bueno, entonces cabría colegir que el ministro entiende que su mayor disfunción sistémica se resuelve con la implantación del MIR educativo. Con ello, de paso, ya tenemos además un culpable con su sambenito: los docentes y su presunta falta de formación. ¿Pero falta de formación para qué? ¿Con cuál nos quedamos?

Ignoramos cuáles son los designios del ministro, máxime cuando en sus declaraciones se detecta una cierta oscilación

Esta disyuntiva se sustancia en una pregunta: ¿Queremos profesores o «entreteneurs»? Y de la respuesta dependen la idoneidad y los objetivos de este MIR que substituiría al actual sistema de acceso. Es decir, no es lo mismo que queramos docentes formados en su especialidad que transmitan contenidos de conocimiento a sus alumnos, que monitores o animadores sociales que hagan menos tedioso el tránsito de las nuevas generaciones por la etapa de escolarización obligatoria, que se preocupen primordialmente por su bienestar psíquico y su felicidad y que, a lo sumo, enseñen a los alumnos a aprender a aprender –en el supuesto que tal expresión signifique algo- y «orienten» su aprendizaje indicándoles dónde pueden encontrar en internet el significado de «raíz cuadrada». Es decir,  haciendo las veces de docentes, pero donde lo que se enseñe resulte accesorio. No es una cuestión baladí; de ella depende qué tipo de formación se requerirá del futuro profesor. Ahora bien ¿Qué añade o quita el modelo MIR al hasta ahora vigente?

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El acceso a la docencia, un modelo anclado en despropósitos

Hasta ahora, el acceso a la función pública docente pasaba por dos requisitos. Estar en posesión de la titulación académica que acredite el debido conocimiento de la materia a cuya docencia se opta –hoy basta con cualquier titulación académica universitaria, aunque no sea la de la especialidad ni afín-, y superar una prueba de selección entre los candidatos a un número de plazas limitado, siendo seleccionados los que mejores calificaciones obtienen, hasta completar dicho número. Hasta aquí, y aun siendo un sistema imperfecto como todo lo humano, no parece que debiera generar grandes problemas.

Sí hay ciertamente un problema, y es que este modelo se ha pervertido hasta el punto de que las propias administraciones educativas no saben qué hacer con él. Al no haberse convocado en los últimos años –habría que decir desde las últimas décadas- plazas suficientes para cubrir las necesidades reales, las plantillas docentes se han nutrido de los inscritos en una bolsa de trabajo cuyo orden se rige, básicamente, por la antigüedad en ella, accediendo a la docencia en la condición de interinos.

Luego resulta que, como consecuencia de esto se produce una inflación de interinos a los cuales, cuando se convocan oposiciones, se carga de puntos en forma de méritos por distintos conceptos, según su antigüedad, de modo que, como ha ocurrido demasiadas veces, un interino con la debida «veteranía» que obtenga en la prueba de conocimientos de las oposiciones una calificación de 2,7 puede pasar por delante de otro aspirante que, habiendo obtenido un 10, carezca de tales «méritos». Esto, por aberrante que parezca, ha ocurrido y sigue ocurriendo. Toda esta inercia ha acabado por generar un problema político y sindical prácticamente irresoluble.

Hay intereses y circunstancias extrínsecos al acceso a la docencia que lo han corrompido hasta convertirlo muchas veces en una farsa sin solución de continuidad

Además, al pairo de experimentos pedagógicos y de recortes presupuestarios, muchas administraciones educativas han optado por la denominada «polivalencia curricular», un invento que, bajo cualesquiera eufemismos, consiste en que un docente imparta contenidos de materias que no son de su especialidad. Obviamente, si es interino y se niega, puede perder su puesto de trabajo. Y por si todo esto fuera poco, las administraciones educativas, siguiendo los consejos de los expertos pedagogos que tienen en nómina, ha tendido a reducir progresivamente la importancia de la prueba de contenidos de la especialidad en las oposiciones, con lo cual su dominio de ella puede no quedar debidamente acreditado. Y esto precisamente en sincronía con el modelo universitario de los grados, la dispersión curricular de cuya oferta por razones extra-académicas es de sobras conocida.

¿Y luego nos quejamos de que los docentes no tienen formación? ¿Pero cómo diablos la misma Administración que promueve semejante dislate se atreve a denunciar la falta de formación del profesor de inglés que está impartiendo ciencias naturales?

Sí, es cierto que con toda probabilidad el actual sistema de acceso está amortizado, lo cual no quiere decir que sea obsoleto, sino que hay intereses y circunstancias extrínsecos a él que lo han corrompido hasta convertirlo muchas veces en una farsa sin solución de continuidad. Y esto recuerda aquella vieja polémica entre el director general de universidades y el de enseñanza media. Se quejaba el de universidades del bajo nivel de los alumnos recién egresados del bachillerato que accedían a primero de universidad, a lo que el otro le replicó que tenían el nivel que les habían impartido los licenciados universitarios. Hoy es peor, porque no sabemos si la queja es que los profesores imparten demasiado nivel o demasiado poco. De todo hay según la procedencia, pero no sabemos lo que piensa el ministro al respecto. Ni tampoco, entonces, para qué el MIR educativo ¿Para lo uno o para lo otro?

En cualquier caso, concedámosle el beneficio de la duda y pensemos que se trata de evitar las consecuencias perversas que, como consecuencia de factores extrínsecos al propio proceso, han viciado el actual sistema de acceso sin solución de continuidad.

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Un MIR no soluciona todo un sistema en fracaso
Un MIR puede tener sentido si se plantea acometer también propuestas para los distintas extensiones y dominios que constituyen el sistema educativo

Si el modelo MIR se plantea en un contexto de reforma educativa general, su implantación puede resultar positiva, como mínimo en la medida que no estaría sujeto ni a las servidumbres ni a las inercias del actual sistema. Pero ha de ir acompañado de una reforma general que supere el lastre de la LOGSE que aún arrastramos. Es decir, puede tener sentido si se plantea acometer también propuestas para los distintas extensiones y dominios que constituyen el sistema educativo, corrigiendo sus disfunciones. Desde los programas de estudios basados en currículos de mínimos y el bajo nivel de exigencia, hasta la primacía del psicologismo sobre el cognitivismo, pasando por la organización de los centros y la imposición del principio de especialidad sobre el generalismo de la polivalencia curricular, en fin…

Todo esto requeriría también de una serie de reformas estructurales y académicas, como la reforma de los currículos del grado de magisterio, hoy saturados de pedagogismo y prácticamente carentes de contenidos –para estudiar pedagogía de las Matemáticas hay que saber antes Matemáticas- y, desde luego, que la dirección y tutorización de este MIR se llevara a cabo desde la Facultad de la especialidad  y por los titulares de la misma en el centro –Instituto o Escuela- donde se lleve a cabo, sin interferencias intrusistas. Igualmente, la implantación del MIR no debería comportar, bajo ningún concepto, reducción alguna del período de formación académica universitaria, aunque sí debería suprimirse el master de secundaria de un año que actualmente se exige, substituyéndose por este MIR de dos años, mucho más efectivo, que lógicamente debería estar retribuido, ya sea mediante beca o contrato en prácticas.

Bajo estas condiciones, por qué no, un MIR educativo podría tener mucho sentido, como un elemento más en el nuevo tablero que configuraría el sistema educativo. Pero antes deberíamos tener claro qué sistema educativo queremos. Antes deberían decirnos si con el MIR quieren formar profesores o monitores, y proclamarlo.

Porque si lo único que se va a cambiar es el modelo de acceso a la docencia, para este viaje no hacen falta alforjas.

Xavier Massó Aguadé, Catedrático de Instituto

 

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