En el caso del PP muchos se querrán convencer de que “los otros” han sido responsables, mientras eluden su capacidad de autocrítica que por cierto sería tan necesaria para reparar despropósitos

Ninguna miseria puede ocultarse, todas son públicas

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Es de vergüenza ajena asistir a la ronda de recriminaciones que unos y otros se sacan de encima en relación a la muerte por infarto de la ex alcaldesa de Valencia, diputada por Valencia en las Cortes, senadora y miembro del Partido Popular durante cuarenta años, Rita Barberá

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Eva SerraEva Serra / Catalunya Vanguardista

Las acusaciones han pasado de ser políticas a estar marcadas por los reproches morales. Desde la ausencia de varios dirigentes de Unidos Podemos en el Congreso que abandonaron el hemiciclo durante el minuto de silencio en señal de duelo parlamentario por la muerte de Barberá hasta el goteo de responsabilidades en el seno del propio PP. Unos y otros tratan de lavarse las manos para limpiar su honor, algo que a mi juicio se gana uno (y una) fuera de las cámaras.

Los ciudadanos hemos asistido a todo ello en directo gracias al espectáculo mediático que día tras día y noticia tras noticia se nos va relatando. No es preciso ser Funes el memorioso para recordar cómo miembros del propio partido de la fallecida se retiraban del ángulo de la cámara cuando hace pocos días Rita Barberá se podía encontrar a escasos pasos de ellos y algún periodista podía tomar una imagen que llevara a confusión. Ahora, el PP revisa “las condiciones”, que sus socios de Ciudadanos le impusieron alardeando de una pretensiosa moralidad con efecto búmerang. Me pregunto si a Rita Barberá le dolió la osadía de sus adversarios o el desprecio de los suyos.

En el caso de las fuerzas emergentes como Podemos o Ciudadanos la moral y la responsabilidad son simple demagogia al uso

Las cuestiones morales importan poco cuando uno de los tuyos cae en desgracia. Alejarse y olvidarse de que un día te conocieron o compartieron mesa y mantel es la regla general en estos casos. Tonto el último. Es lo que ha sucedido en tantas ocasiones, desde la Guerra Civil española con el bando perdedor hasta la última empresa de este país cuando un compañero se enfrenta a un jefe. El servilismo y la falta de valentía afloran por doquier en la genética hispana. En el caso del PP muchos se querrán convencer de que “los otros” han sido responsables, mientras eluden su capacidad de autocrítica que por cierto sería tan necesaria para reparar despropósitos.

En el caso de las fuerzas emergentes como Podemos o Ciudadanos la moral y la responsabilidad son simple demagogia al uso. Es mi opinión, ejemplificada en dos breves acercamientos a sendos dirigentes de ambas formaciones frente a un abuso de poder que les presenté y que afectaba a los derechos de los autónomos. No sólo no mostraron interés ni determinación en conocer el caso, sino que además el primero confirmó su carencia en las más elementales bases de educación (jamás hubo respuesta a mi correo tras hablar con él) y el otro me respondió por mensaje que “no tenía un minuto libre”, tras haberme confiado meses antes su predisposición. ¿Son estas promesas en quienes tenemos que confiar los ciudadanos? ¿Son ellos quienes nos dan lecciones de honestidad?

Nuestro país es así. No solo no cabe ni un cobarde más sino que además, ni siquiera son capaces de reconocer sus tristes debilidades, algo que podría mejorar su imagen ni que fuera tan solo frente al espejo en que se miran cada mañana antes de enfundarse el traje o los vaqueros, según sus respectivas estéticas, para empezar a lanzar peroratas. “La diferencia radica en que hoy todo puede ser fotografiado. Ninguna miseria puede ocultarse, todas son públicas. Sin embargo, este hecho significa que nos acostumbramos mejor a ellas”, decía el Nobel de Literatura, Elias Canetti.

Nos hemos acostumbrado a la corrupción, al paro, a la desigualdad, a la violencia, a la falsedad, al abuso, a la subordinación, al desencanto, al escarnio, a la mediocridad y a la miseria moral. Todo ello forma parte del paisaje real y virtual de nuestras existencias. Convivimos con ello bajo la naturalidad y con la soltura de quien conoce de qué va el patio y con el temor de no plantar cara a nada ni a nadie por si acaso. No pienso que la naturaleza de los españoles difiera mucho estadísticamente a la de otros países, aunque advierto contrastes respecto a los modelos o mitos sociales creados.

La racionalidad, los principios, el contraste, la evidencia de los hechos, el valor para acercarse a la verdad, la crítica y la independencia de criterio son imperativos urgentes

Comentaba recientemente en una entrevista el director Fernando Trueba que uno de los ejes prioritarios a revisar en este país pasa por la Educación y señalaba también a la falta de preparación profesional de nuestros representantes políticos. Hoy, en España, cualquier persona incompetente puede alcanzar un cargo público y notorio a pesar de su mediocridad palmaria mientras responda a un criterio de servidumbre al partido y pueda aportar un puñado de seguidores en Twitter. Eso permite que muchos otros poderes fácticos acaben por dirigir nuestras vidas puesto que ven vía libre para marcar sus objetivos sin demasiada dificultad. Eso nos condena a llevar existencias desiertas de políticas eficaces.

Pero si la gran mayoría de estos nuevos y viejos políticos están desprovistos de las herramientas necesarias para aportar nada o muy poco a nuestra sociedad, los ciudadanos y los medios de comunicación somos también corresponsables de una realidad distorsionada y consentida que no hace más que apartar al ser humano de la visión crítica que lo vacune de tanta vacuidad. La racionalidad, los principios, el contraste, la evidencia de los hechos, el valor para acercarse a la verdad, la crítica y la independencia de criterio son imperativos urgentes.

Esta revista que dirijo y que fundé ahora hace diez años no ha recibido jamás el apoyo ni el interés de ninguno de estos representantes, a pesar de que cada día nos esforzamos en difundir el trabajo de personas que sí aportan logros a nuestra sociedad y al futuro de la humanidad. Muchos de ellos son investigadores anónimos que no aparecen tras las cámaras ni organizan ruedas de prensa pero permiten con su talento y su capacidad que nuevas terapias puedan salvar vidas o mejoren las existentes, las suyas incluidas. En ello estamos. Pero pese a todos esos avances, algunas personas fallecen como Rita Barberá y como otros tantos personajes sin perfil público mientras los orates miran hacia otro lado, hacia el suyo propio. Pero el fracaso y los errores siempre son de “los otros”.

Afortunadamente el futuro siempre está por escribirse.

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