Solo lo negado (I)

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Sin duda alguna, las crisis son una oportunidad para replantearse preguntas, y para sufrir cruelmente en ellas. En este sentido existe una íntima relación entre la crisis del periodismo y la crisis de la educación como sistemas de representación que explicaría la actual degradación e insolvencia de la democracia liberal.

 

Yeray Rogel Seoane @YerayRogel/ Fundación Episteme

Un mundo paralelo al tradicional se estaba creando en internet mientras yo crecía, en el paso del adolescente al joven ya marcado por la pérdida de la inocencia. Nacían las redes sociales instaurando otras convenciones a las ya conocidas; y debo confesar que todavía me parecen extrañas y ajenas. Tuvo innumerables consecuencias la creación masiva de nuevas costumbres morales y estéticas en los modos de socialización. Incrementó en complejidad y cantidad sus relaciones, su conectividad, eficacia y rapidez. Una inmediatez caprichosa, frenética, y en la mayoría de los casos algo frívola y estúpida.

Esta segunda naturaleza digital parece haber logrado que la geografía del mundo y la incomunicación ya no sean un grave problema ni un obstáculo insalvable, sino una mera anécdota en la vida de la gente. Se ha fijado el sentido último que rige la norma en la hiperconexión para aplacar la incurable soledad humana. Y no hay espacio en este artículo para explicar por qué no sólo no lo han conseguido sino que ha sucedido todo lo contrario. Como si la curable o incurable soledad siguiera siendo el coto vedado de la literatura.

A mi juicio el elemento más perturbador de las redes sociales, constantemente olvidado por su sutileza, es su responsabilidad en la crisis del periodismo y la disolución de sus formas: de la autoridad intelectual que supuestamente lo regía. Sin duda alguna las crisis son una oportunidad para replantearse preguntas, y para sufrir cruelmente en ellas. En este sentido existe una íntima relación entre la crisis del periodismo y la crisis de la educación como sistemas de representación que explicaría la actual degradación e insolvencia de la democracia liberal.

Antes de las redes se pertenecía a una sociedad (occidental) donde el periodismo todavía era el principal medio de acceso y representación de la realidad en la vida pública, según criterios de objetividad que establecían la veracidad o falsedad de las representaciones. No es necesario decir que la mayoría de las veces se suprimían esos criterios de racionalidad y prudencia por ideología, negligencia, acidia, intereses espurios o malicia, pues el modelo de negocio más rentable era la diseminación de las mentiras. Es decir, la burda propaganda.

Jean François Revel abría así su excelente ensayo El conocimiento inútil: “la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”. Ni el sexo, ni el dinero, ni el poder, sino la mentira. A pesar de ello el periodismo todavía disponía del monopolio de la comunicación y la información reconocidas como formas de conocimiento, sometido a la autoridad moral e intelectual de un prescriptor público cuya función era realizar análisis sobre los hechos del mundo. Cualquier periodista podía desmontar la mentira en el momento en que esta era exhibida y denunciar al mentiroso a través de métodos comunes de racionalidad cuyo proceso y objeto a desmontar eran evidentes y podían ser compartidos con mayor o menor dificultad. Podían ser asequibles y estar disponibles a todos a través del guion o marco del mundo que suponía el orden del periódico como artefacto intelectual. Sin duda ese ejercicio siempre fue de minorías y con demasiada frecuencia fracasaba. Pocos querrían escuchar la verdad, o dedicar su tiempo a buscarla desinteresada y apasionadamente, pero todo el mundo sabía que existía, no dudaban de su realidad por muy difícil, fragmentaria, e insuficiente que fuera su obtención. La verdad importaba, aunque fuera sencillamente para destruirla.

La práctica en redes sociales, y su propia estructura, son la más férrea disolución de ese viejo y negligente paradigma, de su prestigio y su inusual grandeza. Es una situación paradójica: ¿cómo explicar que en las sociedades más modernas y desarrolladas tecnológicamente la misma abundancia de información accesible y conocimiento disponible excite más bien el deseo de ocultarlo, manipularlo o deformarlo en vez de su libre y exitosa circulación? Siempre la verdad, tenida en su importancia, ha despertado más resentimientos que satisfacciones, generando más peligros y temores que la seguridad de un poder falaz y controlable. ¿Pero cómo explicar su actual desprecio social en parlamentos, escuelas y periódicos?, ¿cómo explicar que una sociedad abierta con la mayor cantidad de medios de la historia a su disposición para conseguir acercarse parcialmente a la verdad, y reconstruir sus pedazos como los de un espejo roto, prefiera ignorarla?

El complejo mecanismo de la mentira todavía sigue funcionando en los periódicos, televisiones, radios y portavoces del gobierno, al mismo tiempo que en las redes sociales su cuestionamiento (o las preguntas anteriores) carece de relevancia. Hannah Arendt en su reflexión sobre los elementos de la ideología totalitaria, contenido en su impresionante libro Los orígenes del totalitarismo (1951), destacaba como característico del sujeto totalitario no solo al nazi o comunista soviético fanatizados, perfectamente definidos por la estética de la violencia y la miseria de la ideología, sino por esta incapacidad de distinguir entre ficción y realidad, verdad y mentira, entre culpables e inocentes, entre verdugos y víctimas; desafiando dogmáticamente y sin inteligencia las categorías clásicas del pensamiento político occidental. ¿Acaso no es eso la posverdad?, ¿no son eso, en un sentido profundo y general, las redes sociales?

La diferencia entre posverdad y la antigua propaganda (y aquí sigo las lúcidas meditaciones de Arcadi Espada) es que esta reconocía la existencia de la verdad y tenía interés en ocultarla para imponer la mentira, o su versión hipertrofiada de la realidad, mientras que aquella al suprimir la distinción entre verdad y mentira, al estilo relativista, elimina su relevancia e importancia y con ello su necesidad. Impregnando a toda la sociedad de esa indolencia, indiferencia y abulia tan características de nuestra erosionada época. Aunque el totalitarismo en su forma de Estado policial y en su plenitud destructiva de violencia y muerte haya desaparecido, al menos de la mayor parte del mundo conocido, es cierto que queda todo un campo de fantasmagorías en el capitalismo tardío que reproduce los pecios de ese naufragio totalitario, sobredeterminando nuestro tiempo. Y cuya máxima expresión es la posverdad. Pero sigamos.

De la misma manera que la antigua propaganda ha evolucionado en posverdad, la censura y autocensura clásicas lo han hecho hacia la cultura de la cancelación. En las tiranías políticas era imprescindible la identificación del enemigo para la supervivencia del régimen, quedaba clara la distinción entre amigo y enemigo dedicando todas las herramientas represivas a este fin. La persecución a escritores, periodistas, artistas u opositores civiles suponían una salida del marco político, una marginalidad respecto del arte oficial. La censura otorgaba un peso a lo censurado, lo situaba como contrapoder, otorgaba una singularidad a esa incómoda voz, ya que había que combatirla y suponía un peligro, un riesgo, su libertad suponía una ofensa e insufrible su regodeo. Lo censurado creaba un espacio de resistencia. Por el contrario, la sofistificación y refinamiento de la cultura de la cancelación, originaria en redes pero ya presente en universidades y medios de comunicación convencionales, supone la indiferencia de lo suprimido, despreciando el propio hecho de censurar, porque no se acalla su voz, sino que se la hace superflua, indistinta, sustituible, reemplazable por cualquier otra. Por la nada.

En el mundo libre el escritor ya no debe enfrentarse a los demonios del exilio, al asesinato, deportación o tortura, o a los campos de concentración y exterminio; por contraste puede dirigirse a su propia audiencia al comunicarse abiertamente, conviviendo con incómodas y desagradables censuras, pero no letales. Y ese encuentro con el exterior puede ser desolador para el autor. Nadie puede estar esperándolo ni querer oír su voz, ignorando la larga historia de persecución a intelectuales y la supresión de sus obras. Asimilable al vacío se trivializan su talento y disipan sus méritos ante el miedo. ¿Qué sucede entonces con el ensayo, la educación, el arte y la literatura cuando realmente no importa la veracidad o no de su palabra, ni se le permite al artista ofender, irritar o desprestigiar? ¿Qué sucede entonces con la resistencia, la oposición y disidencia política a formas de poder opresivas que han sido relativizadas por la posverdad?, ¿cómo afectan la posverdad y la cultura de la cancelación a las escuelas y a la Academia? ¿Puede aislarse la escuela pública y blindarse de este reflejo de la sociedad? ¿Qué efectos pueden tener en la educación y el conocimiento la desaparición de la verdad, la cancelación de autores incorrectos, o la indiferencia ante la palabra escrita y el trabajo intelectual? Ya hay demasiadas preguntas inquietantes en este artículo.

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Yeray Rogel Seoane (Barcelona, 1993), es licenciado en Filosofía por la UB. Editor de los blogs La víbora celta y Crónicas del desengaño, dedicados al análisis y crítica cultural del mundo político y la sociedad mediática. Actualmente prepara un ensayo biográfico (recogiendo la vida y obra de Gregorio Morán y Santiago López Petit) sobre la memoria política y cultural de la Transición.

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