Aunque sólo sea para rendir un homenaje nostálgico a la saga, sigue mereciendo la pena ir a ver la película… con las debidas prevenciones / Vídeo: Trailer Disney (Youtube)

El despertar de la fuerza… bruta

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Xavier Massó_editedXavier Massó / x.masso@catalunyavanguardista.com

Teorizar sobre Star Wars quizás pueda parecer excesivo. Sin embargo, y como dice acertadamente Jorge Sánchez en su blog, aunque la gravedad y la «metafísica» de la saga sean de baratija de mercadillo, no es menos cierto que nada es ajeno a su tiempo. Tampoco Star Wars, de la que, sin rubor alguno, me considero un entusiasta seguidor de las seis primeras entregas. La séptima, y última por ahora, «El despertar de la Fuerza», ya es otra cosa…

Han transcurrido casi cuarenta años desde la primera entrega, y aunque sólo fuera por esto, puede considerarse una suerte de género; no como el western, ciertamente, ni como Tarzán, pero situada en algún borroso punto medio entre ambos. Como el western, Star Wars es deudora de sus momentos. Baste recordar para ello el distinto tratamiento que merecen, en el caso del western, la figura del general Custer y su correlato, los indios de las praderas, a lo largo del recorrido del género: de héroes a villanos, o de villanos a héroes, según el caso. Cada presente se proyecta sobre el pasado en función de sus propios intereses e inquietudes. De las analogías con Tarzán diré, simplemente. que hemos pasado de John Weissmüller a musculosos hormonados con tanga de piel de leopardo. Es suficiente.

De las analogías con Tarzán diré, simplemente. que hemos pasado de John Weissmüller a musculosos hormonados con tanga de piel de leopardo

Star Wars no se proyecta sobre ningún escenario histórico adulterado, a diferencia del western, pero igualmente la época de sus respectivas entregas determina la visión del entorno en que transcurre  el relato. El escenario es una imaginaria y atemporal galaxia, construida sobre un modelo de ciencia ficción, que incorpora materiales procedentes de lugares comunes del cómic, cinematográficos, literarios y  pseudohistóricos. El resultado es un totum revolutum  muy bien resuelto –de ahí su éxito-, que a su vez rinde homenaje a estos lugares comunes. Es difícil no ver en la carrera de vainas del episodio I una evocación a la mítica carrera de cuadrigas de Ben-Hur; a la orden Jedi como templarios de estética entre samurái y shaolin; o a los Sith como el viejo de la montaña y sus assassins. O hasta hilando más fino, a los robots como una prolongación de la esclavitud. En la versión original del espisodio IV, cuando el grosero dueño de la taberna galáctica les espeta a los protagonistas que en su local no se admiten droides –refiriéndose a C3PO-, lo hace con el acento sureño del Missisipi… Todo ello bajo una ciertamente pacata visión de la lucha entre el bien y el mal, pero, eso sí, resultona. Este es el mundo de Star Wars, sincrético, pero bien trabado. O lo era…

star wars_editedEn la séptima entrega, toda la gravedad y la trascendencia que, por ramplonas que fueran, presidían el universo ético y estético de la saga, se resuelven en una banalización que afecta incluso a la trama argumental. Será cosa del siglo. En otros tiempos, en cualquier película que un hombre le dijera a una mujer “Observo que sigues utilizando el mismo perfume», el espectador entendía que se trataba de un reencuentro. Más modernamente, tal vez por si acaso alguien no acabara de entenderlo, se recurrió al flash back que nos ilustraba con todo tipo de detalles. Pues bien, hasta en esto marca una nueva ruptura El despertar de la Fuerza.

Efectivamente. La trama argumental es una copia del esquema del episodio IV – el de 1977-, con resultados imaginativamente hablando muy pobres y decepcionantes. Incluso en lo tocante a los aspectos científico-ficticios. De la «Estrella de la Muerte» hemos pasado a un planeta que es todo él un arma de destrucción masiva mucho más letal que la anterior. Una burda imitación, pero es que además, se olvidan de especificarnos si los haces ígneos que produce traspasan también la velocidad de la luz saltando al hiperespacio, algo que no ocurría en las entregas anteriores. Incluso en ciencia ficción hemos de ser coherentes. Una coherencia que brilla por su ausencia.

Por lo demás, y a fuerza de dejar tantos cabos sueltos, la trama resulta bastante incoherente y deslavazada con respecto al episodio VI, del que sería su continuación. Es verdad que el episodio IV dejaba también muchos cabos sueltos. Pero es que por eso era precisamente el cuarto, y no el primero. En su condición de tal, no sólo anunciaba las secuelas V y VI, sino también su precuela, donde dichos cabos se ataban. Aquí no es el caso, a menos, claro, que Disney esté pensando en un problemático episodio 6½  -inexpresable en números romanos- que nos aclare ciertos extremos, o que recurran abusivamente al flash back en las siguientes entregas. Aun así, cualquier solución de continuidad entre el episodio VI y el VII, se me antoja forzada y artificiosa.

La trama resulta bastante incoherente y deslavazada con respecto al episodio VI, del que sería su continuación

Estoy evitando entrar en ciertos detalles de la trama para no reventarle la película a quien todavía no la haya visto y tenga la intención de hacerlo. Pero uno no puede dejar de preguntarse de dónde sale la pérfida «Primera Orden» y a quién se le ocurrió representar a su «Gran Líder Snoke» con la estética de un ogro gigantón con cara de estúpido y sospechosas semejanzas con rostro de ET. De dónde sale tal vez nos lo aclaren las siguientes entregas –aunque lo dudo-, pero lo de la estética «ogro», eso no tiene posible aclaración. Y es que, a ver, una cosa es ser malo –como Gollum en el Señor de los Anillos, interpretado por el mismo actor, Andy Serkis-, otra es ser malo y estúpido, como el mismo Gollum, con lo cual tal maldad sólo puede ser subalterna y vicaria; finalmente, otra muy distinta es que al malo estúpido se pretenda presentarlo como la más prístina encarnación del Mal; como al diablo cojuelo haciendo de maligno Lucifer, vamos.

"La figura de Snoke me recuerda al personaje de un remoto episodio del Príncipe Valiente"

“La figura de Snoke me recuerda al personaje de un remoto episodio del Príncipe Valiente”

A mí, qué quieren que les diga, la figura de Snoke me recuerda al personaje de un remoto episodio del Príncipe Valiente. Igual es esto, y como allí, a ver si al final resultará que el malvado Snoke es en realidad un incomprendido. Porque ése parece ser el signo de los tiempos, y a él parece apuntarse entusiásticamente «El despertar de la Fuerza». Corrección política por encima de todo.

Una «Fuerza», por cierto, cada vez más bruta y menos sofisticada, que algunos parecen poseer cual ciencia infusa y sin necesidad de aprendizaje alguno en sus artes. Cómo, si no, puede entenderse que alguien que empuña una espada láser por primera vez, venza a un experimentado Lord Sith. Lo dicho, que sea ciencia ficción no implica que el relato no deba ser coherente. Y es que no lo es. Tampoco en la banal trivialización del siniestro Darth Vader, redivivo en un nieto que más bien se comporta como un descerebrado adolescente malcriado, antojadizo y con intolerancia a la frustración. Por cierto, se pregunta uno para qué quiere una máscara como la del abuelo, si no necesita de ninguna asistencia externa para respirar… ¿Se siente quizás más seguro porque es tímido? ¿O qué decir del barbilampiño émulo del malvado Molf Tarkin, interpretado por Peter Cushing en el episodio IV?  ¿Otro signo de los tiempos?

«El despertar de la Fuerza» de Disney es a la «Star Wars» de Lucas, lo que la película «Troya» a la Ilíada de Homero

Y a propósito de Peter Cushing, una última cuestión, last but not least. A lo largo de Star Wars aparecieron distintos actores. A unos los catapultó hacia la fama, caso de Harrison Ford y hasta de Keira Knightley, o los consolidó -Ewan Mcgregor, Natalie Portman…-; otros tuvieron menos suerte, como Mark Hamill o Carrie Fischer. Y actores consagrados en roles secundarios, pero de importancia, cuya presencia otorgaba unas ciertas dosis de «seriedad», de glamour, a la serie: Alec Guinness, el citado Peter Cushing, Liam Neeson, Christopher Lee, Samuel Jackson… ¿Qué hay de eso en «El despertar de la Fuerza»? Nada. Un cameo de Max von Sidow. Porque tanto Carrie Fisher como Harrison Ford forman parte constitutiva de la saga. Un Harrison Ford muy discreto, y una Carrie Fischer que nos aclara por qué su carrera como actriz no prosperó. ¡Ah!, eso sí, al final uno tuvo una alucinación y creyó ver a Oliver Reed –actor fallecido en 1999 durante el rodaje de Gladiator-. Pero eso, que tiene una explicación, no se lo cuento porque igual les reventaba la película.

En resumen, salvando las distancias y con mis disculpas de antemano por la comparación, «El despertar de la Fuerza» de Disney es a la «Star Wars» de Lucas, lo que la película «Troya» a la Ilíada de Homero: una mala copia.

El western produjo el subgénero Spaghetti. Star Wars todavía no sabe reírse de sí misma, ni Disney es la productora adecuada para ello. Pero todo llegará. Así que, después de todo, aunque sólo sea para rendir un homenaje nostálgico a la saga, sigue mereciendo la pena ir a ver la película… con las debidas prevenciones.

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