Thomas Hobbes

Retrato de Thomas Hobbes por John Michael Wright / Wikimedia /-National Portrait Gallery: NPG 225

Tal día como hoy… 4 de diciembre de 1679 fallecía Thomas Hobbes

 

El 4 de diciembre de 1679 fallecía en Derbyshire (Inglaterra) Thomas Hobbes, uno de los pensadores clave y de mayor influencia en filosofía política de la Edad Moderna, autor del ‘Leviatán’, la obra que pone al hombre frente a sí mismo y a su propia naturaleza.

 

CV / Nació en Westport, una villa inglesa cercana a Malesbury, en el condado de Wiltshire, según la tradición, el mismo día que se avistaba a la Armada Invencible en las costas de Inglaterra. Fue educado en la iglesia local y, bajo la protección de su tío, pasó luego a una escuela privada en Malmesbury y a la Universidad de Magdalen Hall, predecesora del Hertford College de Oxford. Tras licenciarse fue contratado como tutor de William Cavendish, hijo del barón de Hardwick y conde de Devonshire. Emprendió con su tutorando una gira por Europa en 1610, durante la cual entró en contacto con los métodos científicos que se estaban abriendo paso en el Continente, muy distintos de la Escolástica que había aprendido en Oxford. En 1628, publicó la primera traducción al inglés de ‘La Historia de la Guerra del Peloponeso’, de Tucídides.

Curiosamente, Hobbes no acabó de simpatizar con Cromwell, que era en cierto modo la plasmación práctica de su idea del «soberano», optando por la legitimidad monárquica

A la muerte del conde de Cavendish, Hobbes fue despedido de la casa por su viuda, dedicándose a partir de entonces a la instrucción de hijos de nobles. Pronto empezó a interesarse por la política de los turbulentos tiempos que le tocó vivir en Inglaterra: las guerra de religión, la crisis de la monarquía, la revolución puritana, la posterior restauración monárquica…

Curiosamente, no acabó de simpatizar con Cromwell, que era en cierto modo la plasmación práctica de su idea del «soberano», optando por la legitimidad monárquica y exiliándose a Francia con la familia real tras la ejecución de Carlos I Estuardo. Fue tutor del futuro Carlos II durante el exilio francés. En París escribió su obra más conocida, el ‘Leviatán’ (1651). Su título completo: ‘Leviathan, or the Matter, Forme and Power of a Common-Wealth Ecclesiasticall and Civill’, con la referencia al monstruo bíblico que se ha hecho famosa. Su publicación causó estupor, tanto en Francia como en Inglaterra. La Cámara de los Comunes emprendió una acusación de herejía con el apoyo de la Iglesia Anglicana, de la que se salvó por la intercesión del rey, pero no pudo evitar que se prohibieran sus obras en Inglaterra. Murió a los 91 años.

Aristóteles dejó dicho que el hombre era un animal político. En el sentido griego del término, esto significa mucho más que un animal gregario. Vive en la polis, el entorno a partir del cual se organiza su existencia. De esta polis –el estado-, emanan leyes que obligan a sus miembros y regulan la convivencia. La naturaleza política y social de la estructura bajo la cual existe el ser humano fue un tema estudiado por los antiguos griegos: la naturaleza y la legitimidad del poder, las formas de gobierno…

La naturaleza política y social de la estructura bajo la cual existe el ser humano fue un tema estudiado por los antiguos griegos

Con el cristianismo y la Edad Media, la política se estructuró teóricamente en términos teológicos. El poder reside en Dios, cuya representación ostentan los brazos espiritual y temporal, es decir, el papa y el rey –o el emperador-. La naturaleza del poder es de origen divino. No en vano los reyes lo eran por la gracia de Dios, y esta era la legitimación de la organización social y política que emanaba de este poder, los distintos estamentos feudales y su condición. Poco más había pues qué decir sobre el tema en cuanto a su legitimidad y a la de sus actos, porque sería ante Dios que tendrían que responder por ellos, no ante sus gobernados.

Con el Renacimiento, este modelo empezó a desmitificarse. Maquiavelo romperá con este esquema y planteará crudamente que el poder es un fin en sí mismo, y que para conseguirlo y mantenerse en él están justificados todos los medios al alcance del príncipe, del gobernante. Justificados no en el sentido moral, sino en el práctico: el derecho natural de la ley del más fuerte. Erasmo de Rotterdam, más humanista, intentará entroncar la tradición clásica y medieval en el humanismo renacentista. Hobbes será mucho más descarnado.

“¿Qué es en realidad el corazón sino un resorte; y qué los nervios sino diversas fibras; y qué las articulaciones si no ruedas que dan movimiento a todo el cuerpo?” / Wikimedia

Se ha dicho de él que fue un apologeta del absolutismo, lo cual es inexacto. Filosóficamente, Hobbes se inscribiría en el monismo y en el contractualismo. Es monista en la medida que plantea una única causa que mueve toda acción humana, el egoísmo. Y es contractualista porque plantea que la sociedad humana, y el poder político, surgen de un pacto o contrato originario que rompe con el estado de naturaleza para implantar un orden político. Hobbes no pretende con esto hacer una reconstrucción histórica, sino conceptual, de la naturaleza del poder.

En estado de naturaleza, el egoísmo mueve a los hombres a combatirse entre ellos por los bienes escasos. Es el bellum omnes contra omnes, la guerra de todos contra todos en la cual el hombre es el lobo –el enemigo- del propio hombre: homo homini lupus. Una situación de inseguridad extrema que se resuelve mediante un contrato por el cual los contratantes renuncian a su «libertad» delegando el poder en un hombre, el «soberano», que será el único verdaderamente libre. El resto pierden su libertad a cambio de seguridad; la seguridad –relativa- que proporcionan las leyes del soberano. Cómo sean estas leyes ya es harina de otro costal. Pero esta sería la anatomía del poder y su fuente de legitimación: un contrato originario. En el siglo siguiente, Rousseau reformulará el contractualismo desde la perspectiva del dominio de los fuertes sobre los débiles: “El más fuerte nunca lo es suficiente si no convierte su fuerza en ley, y la obligación de obedecerle en deber”. Pero esto ya sería otra historia… o su continuación.

Dejar comentario

Deja tu comentario
Pon tu nombre aquí