Thomas Mann

La concesión del Premio Nobel de Literatura en 1929 le confirió fama mundial / Imagen: Nobel Foundation (Wikimedia)

Tal día como hoy… 12 de agosto de 1955 fallecía Thomas Mann

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El 12 de agosto de 1955 fallecía en Zürich (Suiza) Thomas Mann, escritor y ensayista alemán, Premio Nobel y uno de los grandes de la literatura universal. Obras suyas como ‘Los Buddenbrook’ (1901), ‘La muerte en Venecia’ (1912),  ‘La montaña mágica’ (1924) o ‘Doktor Faustus’ (1947), son hoy clásicos que nos hablan y describen el espíritu de un tiempo y sus contradicciones, que eran también las suyas propias, las de una Europa victoriana que desembocó en la autoinmolación de sus dos guerras mundiales.

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CV / Nació en 1875 en Lübeck, una antigua ciudad hanseática del Báltico, en el seno de una rica e influyente familia de comerciantes que acaso sea el trasunto de ‘Los Buddenbrook’. Los ochenta años de su biografía transcurren sincrónica y diacrónicamente a lo largo de los convulsos acontecimientos que marcaron la historia de Alemania y Europa desde el II Reich de Bismark: la Gran Guerra, La revolución rusa, Weimar, el nazismo, la II Guerra Mundial y una posguerra con un nuevo orden que acaso nunca tuvo ya mucho interés en entender. Es, en definitiva, una genuina y excelsa expresión de la intelectualidad cultural alemana de la época; y como ella, a caballo entre el racionalismo y el irracionalismo. Siempre prefirió a Schopenhauer frente a Hegel, pero no llegó al superhombre nietzscheano, quizás refrenado por el espíritu burgués de la sociedad a la que pertenecía y que vio extinguirse, sumiéndole en el desarraigo existencial.

Mann era un hombre de orden plenamente adaptado a la sociedad Guillermina propia del II Reich

Mann era un hombre de orden plenamente adaptado a la sociedad Guillermina propia del II Reich. Como tal, fue un decidido partidario de la I Guerra Mundial, aunque posteriormente –Doktor Faustus- considerará al Káiser un payaso culpándolo de la derrota. En sus ‘Diarios’ nos transmite la sensación de desazón tras la guerra, el horror al caos y una cierta condescendencia displicente con los nazis. Una simpatía sin duda algo desdeñosa, propia de una percepción elitista, aristocráticamente pesimista y afín a la visión de Oswald Spengler y su ‘La decadencia de Occidente’, así como también por Houston Stewart Chamberlain, un tenebroso personaje que fue el gurú ideológico del joven Hitler y de su amanuense Alfred Rosemberg.

Pero Mann era un hombre inteligente, culto y sensible, de modo que aun compartiendo un background similar, difícilmente podría ir más allá con el nazismo, y fue de los primeros que percibió su naturaleza intrínsecamente canallesca, ya a principios de los años veinte. La concesión del Premio Nobel de Literatura en 1929 le confirió fama mundial.

En 1933, mientras Hitler se convertía en canciller alemán, Mann estaba de gira por Europa impartiendo un ciclo de conferencias sobre el tema ‘Pasión y grandeza de Richard Wagner’. Entendía a Wagner desde una perspectiva de la tradición alemana que tenía como referente a Goethe, muy distinta de la bazofia que habían pergeñado los palafreneros de Hitler, Chamberlain y Bernhard Föster, marido el primero de una hija de Wagner y el segundo de la hermana de Nietzsche. Y claro, plantear una lectura de Wagner distinta a la oficial le reportó problemas con el nuevo y flamante canciller…

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De país en país hasta llegar a Suiza

Mann se exilió primero a Austria, luego a Checoslovaquia y, finalmente, en 1938, a los EEUU, donde ejerció como profesor de Literatura en la Universidad de Princeton, nacionalizándose norteamericano, pero pronunciando a la vez la famosa frase “Dónde yo esté, estará también Alemania”. Durante la guerra, sus hijos Golo y Klauss lucharon en el ejército norteamericano. En estos tiempos empieza a escribir ‘Doktor Faustus’, toda una metáfora (autocrítica) sobre la concatenación de acontecimientos que desembocarán en el nazismo a partir de la trayectoria personal de dos amigos, Adrian Leverkühn y Serenus Zeitbloom. Su hijo Klauss (1906-1949) lo había plasmado menos metafóricamente en ‘Mephisto’ (1936).

Mann se exilió primero a Austria, luego a Checoslovaquia y, finalmente, en 1938, a los EEUU hasta llegar a Suiza, donde murió

Paradójicamente, o no tanto, Thomas Mann empezó a tener problemas en los EEUU tras la guerra. Fue durante el delirio anticomunista del MacCartysmo, cuando cualquier matiz disidente le convertía a uno en agente de Stalin. Y Mann sería todo lo de derechas que se quiera, pero no era un patán. Peor lo tenía su hija Erika, mucho más radical que su padre. Al final, optó por largarse y «exiliarse» nuevamente, esta vez en Suiza. Ser críticamente e intelectualmente honesto con uno mismo es algo que, por lo visto, se paga caro en todas partes…

Thomas Mann murió como consecuencia de una trombosis que le provocó un desgarro de la aorta abdominal. Con él desaparecían el último Buddenbrook y el  Hans Castorp de ‘La montaña mágica’. Afortunadamente, podemos seguir leyéndolos.

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También un 12 de agosto se cumplen estas otras efemérides

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