Trump y las plañideras

Hay también una posible lectura weberiana –Max Weber, otro que no está de moda-, de los resultados de estas elecciones, desde su teoría de los tipos aplicada al liderazgo

Los excesos de Trump frente a la corrección política de Clinton

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Que a estas alturas de la película haya todavía quien se rasgue las vestiduras por la (¿inesperada?) victoria de Donald Trump, es de mofa verdaderamente entrañable. También sorprende el casi universal rechazo que ha suscitado a derecha e izquierda en la vieja y perpleja Europa, con la excepción de los partidos xenófobos y antisistema de derechas.

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Xavier Massó_editedXavier Massó / x.masso@catalunyavanguardista.com

Y sorprende porque, en lo concerniente a la derecha –empezando por buena parte del partido republicano que le nominó como candidato-, la victoria de Trump no es más que una escala técnica en el viaje, tan aplaudido en su momento por esta misma derecha, que se emprendió con Ronald Reagan hace ahora 35 años, y que Margaret Tatcher había fletado previamente en Europa. Aquellos polvos trajeron esos lodos, así que no sé de qué se sorprenden.

Hegel, 1831
Hegel, 1831

En lo relativo a la izquierda y al progresismo en general, es que la cosa no tiene remedio. Su incapacidad para entender la realidad y sus causas sólo es comparable a su disponibilidad para recurrir a los tópicos de siempre y rasgarse las vestiduras cuando dicha realidad se contrapone a la supuesta superioridad moral desde la cual creían haber impuesto la suya. Si, como mínimo, hubieran leído a Hegel, les quedaría el consuelo de saber que la historia avanza por su lado negativo –en el cual permanecen contumazmente anclados-. Y si Hegel es demasiado difícil, pues su versión leninista «contra peor, mejor», algo más prosaica, pero igualmente indicativa de lo «bien» que, «objetivamente», lo están haciendo la izquierda y la paleoprogresía como sujetos activos del devenir histórico. Aunque mucho me temo que tan extravagantes disquisiciones intelectuales les caigan demasiado lejos como para reparar en ellas.

Puede que Trump sea efectivamente un peligro público, pero, después de todo, se supone que estamos en una democracia. Y a lo que parece, más bien se diría que donde los ciudadanos americanos han detectado el peligro era en su rival, Hillary Clinton, y todo lo que representaba. Porque de Trump se pueden decir sin duda muchas cosas, que si es un orate, un gañán o un demagogo populista sin escrúpulos, pero tonto o payaso, pues a juzgar por los resultados, no. Porque un tonto enfrentado al establishment no gana unas elecciones presidenciales en los Estados Unidos, y sus payasadas acaso se transmuten entonces en sutiles ardides que le han permitido conectar con un sector más proclive a la «payasidad» que a la ramplona cantinela de la corrección política. No deja de ser sintomático que, según parece, uno de los factores decisivos en la victoria de Trump haya sido el voto obtenido entre el sector de mujeres blancas americanas. Todo un dato para el análisis sociológico.

Un tonto enfrentado al establishment no gana unas elecciones presidenciales en los Estados Unidos

Y tampoco debería sorprendernos tanto en Europa la victoria de Trump. En realidad es la versión imperial del Berlusconi provincial. Como Hillary Clinton lo sería de Susana Díaz. Hay muchas diferencias entre ambas, de coeficiente intelectual, de cultura general, de preparación y de talante, qué duda cabe, y todas ellas a favor de Hillary Clinton. Pero ambas comparten su pertenencia a unos aparatos en los que están enquistadas, a la vez que se las percibe como sus más genuinos arquetipos. En la versión calvinista, distante, rigorista y mesiánica, con hamburguesa y orquesta del Ejército de Salvación, en el caso de Hillary Clinton; en la del sultanato meridional hispano, con sopaboba y performance a cargo de los morancos, en el de Susana Díaz. Por esto pienso que tampoco Susana Díaz ganará nunca unas elecciones en España… A menos claro, que tome cuerpo la idea que está barruntando para el próximo congreso del PSOE, y la extienda ampliada a las elecciones generales, privando de voto a todas las CCAA al norte del Tajo y el Segura. Todo es empezar.

Max Weber, 1894
Max Weber, 1894

Hay también una posible lectura weberiana –Max Weber, otro que no está de moda-, de los resultados de estas elecciones, desde su teoría de los tipos aplicada al liderazgo. El «carisma» de Hillary ha sido en todo momento inducido desde el propio aparato burocrático al cual pertenece y que tuvo a su disposición. Digamos que su «carisma» proviene de su capacidad de liderazgo burocrático. Trump, en cambio, sea ello real o no, ha sido percibido como un self made man prototipo del sueño americano, y esto, por increíble que pueda parecer, le ha ungido de un carisma que el aparato burocrático ha sido incapaz de contrarrestar. El hartazgo generalizado de la ciudadanía contra el establishment, y la percepción de que su única prioridad es perpetuarse como tal, ha hecho el resto. Contra lo que pudiera parecer, han sido los excesos de Trump, frente a la corrección política de Clinton, lo que en mi opinión ha decantado la balanza.

Se podrá decir que esto es muy americano y que Europa es distinta. Es posible, sí, pero ahí están Berlusconi, Le Pen o tantos otros. Se puede decir también que es «feo» que sea así, pero es lo que hay. Y si después de todo, hay algo de verdad en la afirmación hegeliana de que todo lo racional es real y todo lo real es racional, pues entonces lo que hay que hacer es intentar entender el porqué de esta realidad, y saber en qué nos hemos equivocado, en lugar de decir que el pueblo se ha equivocado al votar. Primero, entender, y luego, si acaso, ya nos rasgaremos las vestiduras y contrataremos a las plañideras de turno. ¡Ah! y el último que apague la luz.

 

 

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