Últimos asesinatos de la dictadura franquista

Se produjeron reacciones de protesta en España y en todo el mundo / Pixabay

Tal día como hoy… 27 de septiembre de 1975 la dictadura franquista perpetraba sus últimos asesinatos

 

El 27 de septiembre de 1975 la dictadura franquista perpetraba sus últimos asesinatos procediendo a la ejecución de tres militantes del FRAP y dos de ETA, condenados a muerte por sendos consejos de guerra bajo la acusación de terrorismo con resultado de muerte.

 

CV / El régimen franquista desoyó las numerosas peticiones de indulto, nacionales e internacionales y sellaba en cierto modo su destino, muriendo como nació: matando a sangre fría. Los condenados fueron fusilados en Madrid, Barcelona y Burgos.

La oposición carecía de fuerza para derribar la dictadura, pero el país había cambiado sociológicamente desde los años sesenta

Desde el atentado que veintiún meses antes había costado la vida a Carrero Blanco, presidente del gobierno, hombre fuerte de la dictadura y mano derecha de Franco, el régimen franquista empezó a sentirse huérfano y acorralado. Privado del hombre que, al menos sobre el papel, garantizaba su continuidad, empezó a cundir la sensación de que el régimen había entrado en una fase de agonía paralela al por otro lado cada vez más evidente deterioro biológico del dictador.

La oposición carecía de fuerza para derribar la dictadura, pero el país había cambiado sociológicamente desde los años sesenta y el régimen se veía ya en gran medida como un anacronismo por parte de la mayoría de la población –se movilizara o no contra ella-; una perspectiva que también empezaban a compartir ciertos sectores provenientes del propio régimen, más pragmáticos y convencidos de la inevitabilidad de un cambio político, más o menos sustantivo, según el caso. Ante esta situación, el sector más duro, que controlaba el poder político y el militar, optó por enrocarse.

Ante esta situación, el sector más duro, que controlaba el poder político y el militar, optó por enrocarse

Y enrocarse significaba persistir contumazmente contra todo lo que sonara a cambio y aumentar la represión en todas sus facetas. Esta fue la tónica dominante tan buen punto el fugaz «espíritu» del 12 de febrero anunciado por el sucesor de Carrero, Arias Navarro, pasó a mejor vida y volvió a las andadas, emulando sus viejos tiempos de «carnicero» de Madrid. La sensación de que la dictadura estaba en una fase terminal se acrecentó cuando en el verano de 1974 Franco cedió provisionalmente la jefatura del estado, por problemas de salud, al príncipe Juan Carlos de Borbón. La desaparición del dictador era la crónica de una muerte anunciada, pero para los nostálgicos del 18 de julio, pensar en ello equivalía a la parálisis.

A finales del verano de 1975 había varias causas pendientes en consejos de guerra con penas de muerte involucradas. Al final, hubo once sentencias de muerte, seis de las cuales fueron conmutadas por la pena de reclusión por el Consejo de Ministros, a la vez que se dio simplemente por «enterado» de las otras cinco.  Que los indultos fueron aleatorios y de mero «teatrillo» lo demuestra el hecho de que en dos de los condenados a muerte por el asesinato de un guardia civil, los etarras Garmendia y Otaegui, la sentencia consideró al primero autor material de la muerte, mientras que al segundo solo cooperador necesario. En cambio, se indultó a Garmendia, mientras que Otaegui fue ejecutado. Al día siguiente, de madrugada, José Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo, Ramón García Sanz, Àngel Otaegui y Juan Paredes Manot (Txiki), eran ejecutados.

Los fusilamientos los llevaron a cabo pelotones de policías y guardias civiles, todos ellos voluntarios, dirigidos por un sargento y un teniente

Los fusilamientos los llevaron a cabo pelotones de policías y guardias civiles, todos ellos voluntarios, dirigidos por un sargento y un teniente. De los fusilamientos de Madrid, llevados a cabo en Hoyo del Manzanares, nos queda el testimonio del cura de la localidad, el único civil que pudo asistir: “Además de los policías y guardias civiles que participaron en los piquetes, había otros que llegaron en autobuses para jalear las ejecuciones. Muchos estaban borrachos. Cuando fui a dar la extremaunción a uno de los fusilados, aún respiraba. Se acercó el teniente que mandaba el pelotón y le dio el tiro de gracia, sin darme tiempo a separarme del cuerpo caído. La sangre me salpicó”.

Se produjeron reacciones de protesta en España y en todo el mundo. En el País Vasco se convocó una huelga general de tres días; en otros lugares hubo manifestaciones duramente reprimidas por la policía. Varios países europeos retiraron a sus embajadores; México pidió la expulsión de España de la ONU; en Portugal, la embajada española en Lisboa fue tomada e incendiada; la OTAN reprobó las ejecuciones e instó a los países miembros que no hicieran nada que pudiera favorecer el ingreso de España en la Organización…

Algo menos de dos meses después, moría el dictador y concluía una larga noche, una de las noches más negras y siniestras de la historia de España

La dictadura replicó a su vez convocando a sus fieles y a sus matones en la Plaza de Oriente de Madrid, donde un avejentado y decrépito Franco afirmó con voz trémula y casi agonizante que: “Todo lo que en España y Europa se ha armado obedece a una conspiración masónico-izquierdista, en contubernio con la subversión comunista-terrorista en lo social, que si a nosotros nos honra, a ellos les envilece”.

Algo menos de dos meses después, moría el dictador y concluía una larga noche, una de las noches más negras y siniestras de la historia de España. Y empezaba a amanecer, esta vez de verdad.

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