La muerte del profesor se consideró oficialmente un caso aislado

El 20 de abril que no se anota en las agendas del sistema educativo

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Xavier Massó_editedXavier Massó / x.masso@catalunyavanguardista.com

Hoy hace un año de la muerte del profesor Abel Martínez Oliva, asesinado por un alumno perturbado armado con una ballesta, cuando intentaba impedir que llevara a cabo su objetivo de acabar con una profesora y una alumna del instituto, madre e hija para más señas. Consiguió evitarlo, pero lo pagó con su vida.

Un acto heroico al que desde un primer momento se intentó poner sordina por parte de las autoridades políticas y educativas. Una sordina que remachó con insuperable sordidez la por entonces consejera Rigau con su lapidaria frase, que dejó muy claras sus prioridades, educativas, políticas y humanas: “Ha muerto un profesor, pero hay un alumno que es la víctima”. Hasta se podría colegir de tan cínico aserto que la culpa fue del profesor, por interponerse en la trayectoria del proyectil disparado por el pobre alumno, que no sabía lo que hacía. Claro que, entonces, tampoco sabría por qué se llevó al instituto una ballesta hurtada del armero de su padre, en lugar de hacerlo con los portantes que se le suponen a un alumno que acude a un día normal de clase. Porque podemos decir que alguien que dispara una ballesta y mata a alguien no es consciente del todo de lo que hace; pero cuidado, sí sabe perfectamente para qué sirve y con qué objeto la llevaba encima.

Era muy molesto que en un sistema educativo tan maravilloso como el nuestro, un hecho tan desagradable pudiera estropearlo

Era muy molesto que en un sistema educativo tan maravilloso como el nuestro, un hecho tan desagradable pudiera estropearlo. Así que manos a la obra. Se consideró oficialmente un caso aislado, y les cayeron chuzos de punta a los que dijeron que sí, era un caso aislado, estadísticamente insólito pero en un contexto de agresiones a alumnos y a profesores que quedan, por lo general, en la más absoluta impunidad en un sistema educativo pensado como escaparate de las mejores intenciones, ya que no de sus resultados. Que, en definitiva, el caso del profesor Abel era la cúspide de una pirámide, un síntoma. El previo silenciamiento de otros hechos anteriores permitió, bajo un régimen de omertá, su catalogación, fría e hipócrita, como un simple hecho aislado. Como si entre este luctuoso hecho y lo que debería ser normal, no mediara nada. Una desgracia que interrumpió momentáneamente las consabidas paz y armonía que reinan en nuestros institutos.

Cuando un policía muere en acto de servicio, o un obrero sufre un accidente mortal en su trabajo, o cuando ocurre alguna catástrofe, previsible o sobrevenida, acostumbran a producirse oleadas de indignación y de protesta para que se ponga remedio, para que no vuelva a ocurrir. Y las autoridades acuden a rendir testimonialmente homenaje a la víctima. Son actos de catarsis que obedecen a lo que ya dijo Platón: el sentido de la justicia proviene del miedo a sufrir la injusticia; a ser víctima de ella. Y tienden a prevenirnos para evitar que vuelvan a ocurrir. Aquí, tal vez porque la «víctima» era el alumno, no hubo nada de esto para con el profesor asesinado. Ni un mísero homenaje institucional; ni siquiera las autoridades asistieron a su funeral.

Se pretextó que una actitud tan displicente lo fue por respeto a los deseos de la familia; la misma que, según informó recientemente un medio, reclama ahora una indemnización de un millón de euros. Están en todo su derecho y les deseo la mejor y más merecida suerte en este empeño. Los que sabemos cómo se aleccionó al claustro de profesores del instituto mientras el cadáver del profesor estaba aún caliente, tenemos serias dudas sobre la espontaneidad de ciertas actitudes que, siempre respetables, coinciden tan idóneamente con los designios institucionales.

El recuerdo de Abel Martínez Oliva se enterró con él por expreso designio de las autoridades educativas

Porque, al margen de cuales pudieran ser los deseos de la familia, insisto, siempre dignos del mayor respeto y de la mayor solidaridad y condolencia, el recuerdo de Abel Martínez Oliva se enterró con él por expreso designio de las autoridades educativas, y con la complicidad de muchos paniaguados y voceros de esta nueva corte de los milagros en que nos estamos convirtiendo. Sí, el Ministerio de Educación le concedió a título póstumo la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio. Una condecoración que, ignoro si a título póstumo funciona igual, pero que otorgada en vida implica la compra de la medalla con que a uno le galardonan. Aquí, el Departament d’Ensenyament gestionó que la Universidad de Lleida instituyera una cátedra a nombre del malogrado profesor en la Facultad de Pedagogía. Todo un honor.

¿Qué hay detrás de tanto silencio cómplice y culpable? Podría aducirse, como se hizo, que por respeto al dolor de la familia y a sus expresos deseos, y al más elemental sentido del decoro, un hecho tan luctuoso debía ponerse a recaudo de los siempre ávidos medios sensacionalistas que iban a hacer carnaza con él. Nada que objetar a esto. Y es verdad que hubo mercadeo de fotos sacadas con móviles, desde las ventanas del vecindario del instituto, por parte de algunos medios. Pero hay indicios suficientes de que hay también de razones inconfesadas para este silencio. Porque una cosa es evitar el escándalo, y otra poner los medios para tratar de evitar que un hecho así se repita. Y nada ha cambiado con respecto a esto. Lo primero es razonable, lo segundo doloso.

Recuerdo, de hace muchos años, los comentarios de un periodista sobre unas declaraciones evacuadas por el presidente de turno de la RENFE, afirmando rotundamente que el transporte ferroviario funcionaba «muy bien». Se lamentaba el periodista de semejante titular, con muy buen juicio. Y venía a decir algo así como que todo el mundo sabía perfectamente que la RENFE no funcionaba bien. Si al menos su máximo responsable reconociera que hay disfunciones, quedaría como mínimo la esperanza de que algún día se resolvieran. Pero si se niega que haya problemas, entonces es que no hay ninguna intención de solucionarlos. Y esto es lo que ocurre con nuestro sistema educativo.

Hoy, un año después de su muerte, algunos seguimos recordando lo que ocurrió

Una cosa es un hecho aislado y otra muy distinta un síntoma. Es verdad que hay desgracias que acaso sean inevitables, y que lo que ocurrió en aquel instituto de Barcelona hoy hace un año, hubiera podido ocurrir tal vez en cualquier otro. Pero también lo es que si un albañil se cae porque se rompe un andamio en mal estado, nadie vuelve a subir hasta que se ha reparado y revisado toda la estructura. Aquí, en cambio, de lo que se trató desde un primer momento es de no revisar el andamiaje. Lo dicho, no fue un hecho aislado, sino un síntoma de la mala salud de nuestro sistema educativo. Igual que, como ha ocurrido también, se considere un caso excepcional que un alumno víctima de acoso por parte de compañeros suyos acabe suicidándose. Y puede que lo sea estadísticamente. Pero si al mismo tiempo resulta que cuando algún caso de acoso sale  la luz, lo que se hace es trasladar de centro al acosado, y el acosador sigue triunfante en él, entonces el caso aislado deviene un síntoma de que algo estamos haciendo mal. Y de esto es de lo que no se quiere hablar.

Hoy, un año después de su muerte, algunos seguimos recordando lo que ocurrió. Y para evitar que vuelva a ocurrir, nos reuniremos a las siete en la Plaza de Sant Jaume, en Barcelona, para rendir homenaje a la memoria de Abel Martínez Oliva.

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