Un viaje de 4.000 millones de años

Geología y Biología se cruzaran continuamente a través de otras disciplinas paralelas / Pixabay

Este va a ser un viaje de más de 4.000 millones de años donde, capítulo a capítulo, explicaremos bajo un lenguaje llano y comprensible, la historia de nuestro planeta. Ordenado todo cronológicamente, avanzaremos desde la formación del planeta hasta su evolución biológica.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista  @DAVIDRABADA

Geología y Biología se cruzaran continuamente a través de otras disciplinas paralelas. El objetivo es ofrecer al lector un amplio corolario de los hechos viajando por los paisajes prehistóricos. Éstos nos trasladarán a entornos extintos que nada tienen que ver con nuestro presente. La evolución lo va a jalonar todo, tanto a nivel de relieves como a nivel biológico. Y claro está, hablar de evolución en la Tierra es algo tan nuestro y propio que la mayoría de expertos caen a menudo en su lado más oscuro, en sus prejuicios e intereses. Al recorrer toda la historia biológica terrestre nos damos cuenta de ello y a los hechos me remito. Muchas interpretaciones científicas se hallan manchadas por visiones subjetivas respecto a nuestra evolución.

En este y posteriores capítulos veremos multitud de ejemplos desde los primeros atisbos de vida, hasta el reciente y complejo mundo actual

En este y posteriores capítulos veremos multitud de ejemplos desde los primeros atisbos de vida, hasta el reciente y complejo mundo actual. Este viaje de más de 4.000 millones de años se halla tullido por múltiples prejuicios que muy pocos científicos han sabido esquivar. Han sido muchas las veces que se ha interpretado la prehistoria de manera equivocada y con imágenes que nada tenían que ver con los paisajes pretéritos. Por poner un primer ejemplo, los dinosaurios todavía no se han extinguido como tampoco pertenecen a los reptiles. Tampoco el hombre proviene del mono ni tampoco los chimpancés evolucionarán hacia humanoides como nosotros. Estas y otras visiones son el fruto de muchos prejuicios que se han infiltrado en nuestra conciencia colectiva. Durante todos los capítulos venideros iremos separando el trigo de la paja para escampar la niebla del pasado.

El registro fósil, mal nos pese, es extremadamente escaso y discontinuo / Pixabay

Antes de comenzar este largo viaje cabe hacerse primero una pregunta clave, ¿por qué los humanos prejuzgamos tanto? Y la respuesta es tan real como los fósiles que veremos. Un prejuicio es una idea desde la emoción y no desde la razón. Nosotros, los humanos vigentes, nos creemos animales racionales en cuanto somos más emocionales que racionales, es decir, sentimos más que pensamos, o dicho de otro modo, prejuzgamos más que analizamos. Sólo cabe ver el público durante un partido de fútbol, nuestras compras impulsivas o los votos en unos comicios, ¿acaso la mayoría analiza el programa electoral de cada partido?

Poseemos un cerebro emocional que surgió por evolución hace más de 200.000 años, un órgano que no estuvo jamás diseñado, a no ser bajo un buen adiestramiento

La verdad, y como veremos en los próximos capítulos, poseemos un cerebro emocional que surgió por evolución hace más de 200.000 años, un órgano que no estuvo jamás diseñado, a no ser bajo un buen adiestramiento, para el método analítico. Nuestra mente evolucionó desde simios sociales hasta cazadores recolectores emocionales. Todo ello conllevó que nuestra percepción de la realidad no sea unívoca y homogénea entre todos los seres humanos. La subjetividad reina entre nuestros pueblos y la imaginación crea más mitos que razón. Nuestra historia está repleta de ejemplos de ello. Por esta causa blandimos espadas en contra de la religión del desconocido, desconfiamos del forastero y nos enamoramos sin saber su causa. Pocos humanos analizan y contrastan con más datos la realidad, más bien sucede todo lo contrario, percibimos las cosas por intuición y sin análisis previos. Es decir, las interpretaciones del pasado terrestre se ven más llenas de imaginación pueril que de realidad científica.

Pocos humanos analizan y contrastan con más datos la realidad / Pixabay

 

Los avanzados a su época siempre han analizado

Son muchas las imágenes y representaciones de la prehistoria donde la creatividad ha llenado con mitos lo no fosilizado. El registro fósil, mal nos pese, es extremadamente escaso y discontinuo. Por ello muchos expertos se dejan llevar más por la ficción que por la razón. Quien opta por el contraste de informaciones se acerca más a la realidad, pero quien no lo hace utiliza más sus prejuicios. La prueba la tenemos en quienes han sido llamados los avanzados a su época, los que con grandes conocimientos analizaban, más que sentían, la realidad vigente.

Platón, Hipatia, Galileo, Da Vinci, Kant, Darwin, Eisntein, Gould o Ramon y Cajal jugaron muy bien sus cartas bajo el análisis y sus grandes conocimientos

Platón, Hipatia, Galileo, Da Vinci, Kant, Darwin, Eisntein, Gould o Ramon y Cajal jugaron muy bien sus cartas bajo el análisis y sus grandes conocimientos. De esta manera elucubraron grandes avances humanos evitando los dos grandes filtros que nublan la observación objetiva humana, las emociones adquiridas y las innatas, es decir, nuestra cultura aprendida y nuestra biología heredada. Por ello estos personajes, y al juzgar más con la razón que con la emoción, devinieron avanzados a su época superando el cerebro paleolítico que les precedió. En este viaje de más de 4.000 millones de años intentaremos que la niebla de nuestros deseos no dibuje un pasado falso.

 

El concepto de especie ¿quién pone el límite?

Para ejemplificar el mundo de los prejuicios y de la evolución terrestre pondremos el concepto de especie. Este no resulta la panacea de la biología sino más bien su quebradero de cabeza. Si consideramos especie una asociación de organismos con genes compatibles para producir una descendencia fértil, ello no casa con los organismos que no se reproducen sexualmente, con los híbridos como mulas y ligres, o con los fósiles que no podemos cruzar. En fin, que la naturaleza es más compleja de lo que suponíamos.

La variabilidad dentro de cada especie es tan vasta que se confunden muchas entre sí / Pixabay

Para superar la anterior paradoja se crearon dos conceptos de especie, el biológico y el paleontológico. El primero responde a una unidad evolutiva independiente que agrupamos según su compatibilidad genética, y el segundo, otra unidad evolutiva independiente que agrupamos según sus semejanzas físicas. En fin, que son los expertos, y no la naturaleza, quienes deciden los límites entre unas u otras especies. Y es esta dualidad artificial entre especie biológica y paleontológica la que permite que muchos expertos definan nuevas especies bajo criterios más que dudosos. Ejemplos de ello, y en el caso humano, son el Homo habilis, Homo ergaster, Homo georgicus o Homo antecessor de quienes se han publicado muchos artículos discutiéndolos.

Desgraciadamente se han ido creando decenas de especies sin seguir los acuerdos internacionales

En todos los ejemplos anteriores la pregunta clave fue qué nivel de semejanza admitían sus creadores para situar el límite entre éstas. Y la respuesta fue que la frontera entre estas especies se pixela cuando aumentamos el zoom sobre la línea. Es decir, la variabilidad dentro de cada especie es tan vasta que se confunden muchas entre sí. Sería como si unos supuestos expertos definieran por cada variedad de perro una especie distinta a sabiendas que sus padres primigenios, los lobos, pueden cruzarse con nuestros chuchos dando descendencia fértil. En fin, que han sido algunos expertos quienes han deseado clasificar muchos organismos como especies distintas en cuanto no había datos suficientes para ello.

La realidad es que no existe una línea de máxima precisión que separe muchas de las especies creadas ya que la naturaleza no resulta clasificable al cien por cien

La realidad es que no existe una línea de máxima precisión que separe muchas de las especies creadas ya que la naturaleza no resulta clasificable al cien por cien. Por ello, y para facilitar la lectura de las secciones venideras, hablaremos más de los grupos biológicos que de especies en concreto. Será más fácil hablar de primates en general que enzarzarnos con sus miles de especies.

Desgraciadamente se han ido creando decenas de especies sin seguir los acuerdos internacionales. La proliferación de especies dudosas ha crecido a finales del siglo XX e inicios del XXI por dos razones. La primera por quienes se creen sus propios prejuicios y crean nuevas quimeras bajo la ciencia ficción. Y la segunda por algunos pícaros que lo hacen por ansias de publicidad y personalismo logrando el favor de políticos ignorantes. La Paleontología, o ciencia de los seres del pasado, no ostenta grandes presupuestos. Excavar un dinosaurio o crear un equipo para estudiar sus restos, no figura entre las prioridades gubernamentales. Por ello quien publica nuevas especies, y sobre todo en grupos de interés popular como dinosaurios y primates, logra llamar la atención de los medios. Así, y de esta manera, consiguen muchas subvenciones y patrocinio para sus equipos de trabajo.

Ambos, crédulos o pícaros, definen más especies de las reales en contra de la interpretación más lógica, de la realidad evolutiva y de la ciencia analítica

Ambos, crédulos o pícaros, definen más especies de las reales en contra de la interpretación más lógica, de la realidad evolutiva y de la ciencia analítica. Cabe detallar que deben definirse especies para hacer comprensible la vida terrestre a sabiendas que nuestras clasificaciones no se corresponderán al cien por cien con la realidad. Con todo, y antes de crear una nueva especie sin fundamento evolutivo, hay que ser humilde, objetivo y lógico con los datos. Todo este contexto anterior provoca un arduo debate entre todos los paleontólogos del mundo. La evolución de la Tierra se abre ahora ante nuestros ojos en un viaje de más de 4.000 millones de años. Veamos cómo devino la biosfera de este planeta entre muchos prejuicios e intereses.

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