Valeriano Weyler

Valeriano Weyler / Wikimedia

Tal día como hoy… 17 de septiembre de 1838 nacía Valeriano Weyler y Nicolau

 

El 17 de septiembre de 1838 nacía en Palma de Mallorca Valeriano Weyler y Nicolau, militar español controvertido por la implacable represión que llevó a cabo en Cuba durante su mandato como capitán general de la isla entre 1896 y 1897. Unos piensan que fue el hombre que hubiera conseguido pacificar Cuba –él mismo era de esta opinión-, otros –la mayoría- que favoreció la precipitación del desastre y la guerra con los EEUU.

 

CV / Aunque poco conocido, no es en modo alguno un personaje que deje indiferente. Hijo de un médico militar de origen alemán, se graduó como teniente en la academia militar de Toledo y se diplomó luego en Estado Mayor, siendo ascendido a comandante a los 24 años. No siendo de alta alcurnia militar, fue destinado a Cuba, y luego a Santo Domingo durante el periodo de (re) anexión de esta isla (1861-1865) a petición de su presidente, Pedro Santana.

En 1896, con la situación en Cuba absolutamente deteriorada por la extrema miopía de la política española, Cánovas lo nombró gobernador de Cuba

De nuevo en Cuba, destacó como un militar atípico para la época: austero, metódico, riguroso, y también duro e implacable. Era objeto de chanza entre sus compañeros por su baja estatura; apenas llegaba al mero y medio, pero era un tipo rudo y con una gran resistencia física; siempre a sus espaldas, se decía que su espada no colgaba, sino que se arrastraba por el suelo marcando un surco.  En Cuba llegó a general. De regreso a la Península, participó en la tercera guerra carlista y, entre 1878 y 1883, ejerció como capitán general de Canarias, Cataluña, Vascongadas, Baleares y Filipinas. En 1896, con la situación en Cuba absolutamente deteriorada por la extrema miopía de la política española, Cánovas lo nombró gobernador de Cuba, en substitución de Martínez Campos –el golpista de la Restauración-. Allí fue donde se hizo más famoso por su política de deportación de la población civil, aunque él siempre se defendió aduciendo que primero había que reprimir la insurrección y luego hacer política, cosa que no se había hecho hasta entonces.

Weyler saliendo del Palacio Real de Madrid, fotografía de Campúa en Nuevo Mundo (1910). / Wikimedia

Se encontró con un ejército desmoralizado e indisciplinado. Y la verdad es que supo afrontar la situación y encauzarla favorablemente, pero a un altísimo precio. Reorganizó el ejército y se dotó de servicios de información. Pronto entendió que el gran problema era el apoyo de la población rural criolla a los mambises insurgentes, y las incursiones de los filibusteros norteamericanos que les proporcionaban armas. Y decidió combatir el problema expeditivamente, aplicando lo que se llamó la «Reconcentración», que consistió en recluir a la población civil rural en campos de concentración. Dividió la isla en sectores mediante «trochas», líneas de puestos de vigilancia amurallados, y consiguió derrotar a los mambises, privados del apoyo.

En teoría, la reagrupación de la población en campos de concentración preveía campos de cultivo para su alimentación. En la práctica, la carestía de agua potable y la insalubridad causaron una gran mortalidad. Las cifras se han exagerado debido a la campaña que lanzó la prensa norteamericana, que llegó a hablar de entre medio millón y un millón de muertos. Algo en todo caso imposible a poco que tengamos en cuenta que la población de Cuba en aquella época apenas alcanzaba el millón y medio de habitantes. Estudios posteriores han realizado distintas estimaciones, entre 60.000 y 150.000 personas, a causa de las enfermedades. Una cifra que sigue siendo, en cualquier caso, espeluznante.

Weyler estaba ganando la guerra, pero había sido completamente derrotado en la política. La campaña que organizó la prensa norteamericana predispuso a la opinión pública favorablemente a la intervención. Desacreditado, Weyler fue relevado en 1897.  Muerto Cánovas, Sagasta llegó, tarde y mal, con la «política» que Weyler había reclamado: se ofreció a Cuba la autonomía. Pero los EEUU habían decidido intervenir, y les tenía sin cuidado lo que, en cualquier caso, hicieran España o los cubanos.

Weyler como capitán general de Cataluña, arengando al somatén de Barbará en 1912. / Wikimedia

Cabe decir en este sentido, y sin que sirva de justificación, que Weyler no fue el «inventor» de la política de «reconcentración», sino que la plagió de aquellos que tanto le criticaron, los propios norteamericanos. La había puesto en práctica el general Sherman durante la guerra de secesión con la población civil sureña en Georgia y Carolina del Sur, y Sheridan con los indios pieles rojas. También la había llevado a cabo el general inglés Kitchener con la población civil neerlandesa en la guerra de los Boers… Y Argentina con los mapuches… en fin.

Que su personalidad,  un tipo  más prusiano que mediterráneo, no acababa de encajar en las disolutas costumbres del ejército español de la época también parece fuera de toda duda. Se cuenta la siguiente anécdota. El oficial jefe de un puesto avanzado se va a hacer la siesta y da órdenes estrictas al ordenanza de que no se le despierte bajo ningún concepto. Mientras el arrojado prócer está en los brazos de Morfeo retozando en una siesta de pijama y orinal, suena el teléfono y piden por el oficial al mando. El ordenanza dice que ni hablar, que no se puede poner… El interlocutor insiste y ante las reiteradas negativas, profiere: “Le he dicho que se ponga el oficial al mando. No sabe usted con quién está hablando ¡soy el general Weyler!”, a lo que el centinela replicó: “Pues por suerte para mí, tampoco sabe usted con quién está hablando”.

Valeriano Weyler murió el 20 de octubre de 1930 en Madrid, a la edad de 92 años.

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