La noción genérica de resiliencia alude a la resistencia ante la adversidad.

Los alumnos resilentes están más cerca del éxito escolar

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La educación, en general, y la educación escolar, en particular, constituyen instituciones sociales directamente concernidas por el mundo de los valores. Un estudio elaborado por Francisco López Rupérez e Isabel García García de la Cátedra de Políticas Educativas de la UCJC, aborda las relaciones entre valores y éxito escolar con el apoyo principal de la evidencia empírica que proporciona la base de datos de PISA 2015. Sus análisis ponen claramente de manifiesto la ventaja comparativa de los países asiáticos frente a los occidentales.

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CV / A partir de los resultados de PISA a gran escala, los autores efectúan tres análisis secundarios de regresión lineal de la puntuación en Ciencias versus la resiliencia de los alumnos, el nivel de absentismo escolar y el clima disciplinar, respectivamente. Estos análisis ponen claramente de manifiesto la ventaja comparativa de los países asiáticos y confirman ciertas explicaciones y algunas evidencias anteriores de inferior alcance.

Los países orientales presentan ventajas comparativas notables con respecto a los países de la OCDE del área occidental

Los países orientales presentan ventajas comparativas notables con respecto a los países de la OCDE del área occidental, tanto en resultados escolares como en cualquiera de las tres variables independientes consideradas en los análisis empíricos del presente estudio –resiliencia, nivel de absentismo y clima disciplinar– y que están relacionadas, de un modo más o menos directo, con el mundo de los valores, puesto que las culturas orientales fomentan el esfuerzo y la perseverancia como ejes educativos. Ello concuerda bien con los resultados de investigaciones anteriores y de sus análisis contextuales.

España aparece, una vez más, en la comparación internacional a gran escala en esa zona templada, es decir, mediocre tanto en la variable que expresa resultados escolares como en aquellas otras que aluden, de uno u otro modo, a valores.

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Los cuatro vectores que fortalecen los valores educativos

El impulso moralista clásico, el movimiento de la educación del carácter, la importancia creciente de las habilidades no cognitivas y las exigencias de la empleabilidad en el siglo XXI. Estos serían los cuatro vectores positivos de influencia que operan de un modo convergente en las misiones sociales de la escuela y señalan la importancia de fortalecer los valores.

El enfoque de la institución escolar como forja, entre otros, de los valores de la esfera de la voluntad es heredero de un ‘impulso moralista clásico’. Como nos anticipara Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, «La excelencia no es un acto sino un hábito. Somos —afirmaba el filósofo griego— lo que repetidamente hacemos». Si la excelencia es un hábito, puede y debe enseñarse y, junto con ella, las virtudes y los valores que la hacen posible. Así, la grandeza de ánimo, la tenacidad, la diligencia o la constancia se acomodan a lo que los clásicos denominaban virtudes y más allá de su tradicional significado moral, el término virtud nos remite a la idea de dinamismo, de fuerza, en definitiva, a la capacidad de actuar.

El impulso moralista clásico, el movimiento de la educación del carácter, la importancia creciente de las habilidades no cognitivas y las exigencias de la empleabilidad en el siglo XXI

Un segundo vector de influencia, que comporta una revalorización del mundo de los valores, lo constituye el movimiento de la ‘educación del carácter‘ que es, en el momento presente, una importante corriente pedagógica en el mundo anglosajón. En el plano intelectual y de forma curiosa, está siendo configurada, en lo esencial, por psicólogos y académicos y no por moralistas. El núcleo de valores anejos a este movimiento se ha caracterizado como ‘performance values’ , es decir, como valores del rendimiento o de la actuación; noción referida, en este caso, al ámbito escolar pero emparentada con esa idea clásica, más general, antes citada de ‘virtudes de la acción’.

El tercer vector que añade fuerza al papel de los valores en la educación es la corriente de investigación empírica sobre las llamadas ‘habilidades no cognitivas‘ que, procedente principalmente del área de la economía aplicada, ha emergido con fuerza en esta última década. Conocidas también como soft skills, las habilidades no cognitivas hacen referencia a rasgos de comportamiento del sujeto tales como la perseverancia, el autocontrol, la confianza, la paciencia, la autoestima, la autoeficacia, la resiliencia o resistencia a la adversidad, la empatía, etc. Se ha evidenciado empíricamente que este tipo de habilidades inciden positivamente sobre el desempeño del individuo en la escuela, en el puesto de trabajo y en la propia sociedad. Aunque se trata de un concepto reciente, está claramente vinculado con algunas de las virtudes clásicas, como es el caso de la capacidad para el esfuerzo, la resiliencia o la perseverancia.

Finalmente, el cuarto de los vectores más arriba señalados corresponde a las ‘exigencias de la empleabilidad en el siglo XXI’. Ya a finales de la década de los 80 del pasado siglo, los líderes de las principales empresas europeas establecieron un perfil genérico de competencias de los futuros empleados, con la intención de orientar a los gobiernos sobre las necesidades que planteaba el mundo del empleo a los sistemas de educación y formación. En ese catálogo de competencias para la empleabilidad cabe señalar la capacidad para el trabajo en equipo, la asunción de los valores del esfuerzo y la disciplina personal o el espíritu emprendedor.

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Recomendaciones prácticas en políticas educativas

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Profundizar en la educación del carácter e incorporarla como elemento del currículo básico.

Una incorporación de la educación del carácter en la definición del currículo básico permitiría con una alta probabilidad reducir las diferencias de resultados existentes entre Comunidades Autónomas

Una incorporación, explícita y pensada, al currículo escolar de los elementos básicos de las habilidades no cognitivas, o de la llamada ‘educación del carácter’, a lo largo de la enseñanza obligatoria, constituye un componente esencial de una política que dé respuesta a algunos de los desafíos que tiene ante sí la educación del siglo XXI. Una incorporación de la educación del carácter en la definición del currículo básico, es decir, común para todo el territorio nacional, permitiría con una alta probabilidad reducir las diferencias de resultados existentes entre Comunidades Autónomas y avanzar, por tanto, en materia de equidad territorial.

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Adoptar para las políticas un enfoque integrado.

El ámbito de los valores en la educación escolar es un terreno en el que operan simultáneamente diferentes actores y a diferentes niveles. Por ello, la concepción de políticas orientadas a este tipo de formación de la persona ha de beneficiarse de un enfoque integrado en el que se contemple el conjunto de los entornos principales y sus interacciones.  El aula, el centro educativo y la familia constituyen tres entornos diferentes que repercuten, de forma decisiva, en la apropiación de valores por parte de niños y de adolescentes. Estos tres entornos básicos han de ser los destinatarios principales sobre los que orientar la acción efectiva de las políticas y de las prácticas educativas, para conseguir el refuerzo, cuando menos, de aquellos valores directamente relacionados con el desarrollo de la capacidad de aprender y con sus resultados.

El ámbito de los valores en la educación escolar es un terreno en el que operan simultáneamente diferentes actores y a diferentes niveles

El ámbito de los valores en la educación escolar es un terreno en el que operan simultáneamente diferentes actores y a diferentes niveles

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Facilitar a los centros educativos, desde las administraciones, orientación, apoyo y recursos.

El centro educativo se convierte en el eje central de todas las políticas y de todas las actuaciones que ha de encontrar apoyo en las administraciones públicas

Para conseguir el éxito en esta importante empresa no basta con las declaraciones formales, ni tan siquiera con la mera concepción de las políticas correspondientes. Siendo lo anterior necesario resulta insuficiente —y, por tanto, ineficaz— si no va acompañado de una implicación cierta de los responsables políticos en los procesos de implementación y en su seguimiento. Esto que constituye, a juicio de los expertos, uno de los rasgos característicos de una gobernanza educativa de calidad, es la condición sine qua non del éxito de la operación. Y, en este contexto, el centro educativo se convierte en el eje central de todas las políticas y de todas las actuaciones, toda vez que constituye un nodo complejo de influencias y de interacciones, tanto internas como con su medio exterior, absolutamente decisivo para el logro de los objetivos deseados.

Las Administraciones educativas, como responsables de las políticas públicas en el ámbito escolar, han de facilitar apoyo y guía a todos los centros, tomando en consideración las diferencias de titularidad que, de conformidad con nuestro marco legal, han de ser respetadas. Ello no es óbice para ofrecer orientación y estímulos, más allá de los elementos normativos de carácter curricular, allá donde se solicite.

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