«Verdad o reto» (Sobre mi experiencia en una mesa del 14F )

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Aquello era un “sálvese quien pueda”, y los que más se esforzaron en dar ejemplo de ello fueron los representantes de los partidos políticos. Para alargar la ristra de irregularidades, constituimos la mesa sin que nadie comprobara una sola vez nuestra identidad mediante DNI (y de hecho, nadie lo ha hecho aún).

 

Clàudia Payrató

Entre los juegos de importación norteamericana que han saltado el charco en las últimas décadas está el conocido como truth or dare (traducido como “verdad o reto”), en el que un grupo de personas, comúnmente adolescentes, se dedican a lanzarse preguntas incómodas, de forma que uno decide si responder honestamente (verdad) o pagar su silencio realizando una acción definida por sus compañeros (el reto, típicamente alguna hazaña asquerosa, peligrosa y/o humillante, a veces aderezada por pulsiones erótico-festivas).

De un tiempo a esta parte, y especialmente desde que se desencadenó la pandemia, los políticos de nuestro país parecen jugar a este juego con la población

De un tiempo a esta parte, y especialmente desde que se desencadenó la pandemia, los políticos de nuestro país parecen jugar a este juego con la población. La ironía, si es que se puede llamar así, es que en el gobierno la proposición de cualquier reto debería, por principio, venir acompañado de toda la verdad, aún si (y esto casi siempre se cumple) resulta incómoda.

El último de estos cínicos juegos se ha materializado en las elecciones catalanas del 14F. El domingo me presentaba, a las 8 de la mañana, como vocal titular de una mesa electoral en el centro de Barcelona. No hace falta decir que acudía ni convencida ni conforme. Ya en la entrada me encontré con una mujer de sesenta y nueve años -aunque aparentaba ochenta-, a la que habían convocado como suplente de mi mesa, a pesar de haber sufrido un ictus y padecer diabetes. Evidentemente, estaba aterrada. Tuvo suerte y dado que estábamos los tres titulares, se marchó. No volvió para votar, ni ella ni ninguno de los otros suplentes de nuestra mesa.

Ya en la entrada me encontré con una mujer de sesenta y nueve años a la que habían convocado como suplente de mi mesa, a pesar de haber sufrido un ictus y padecer diabetes

Desde al menos hacía una semana, cada día el telediario local venía repleto de imágenes de cómo podría ser la votación. Extraídas de simulacros grabados, todo sucedía en un polideportivo diáfano y ventilado: había mamparas enormes, bandejas cristalinas para dejar el DNI, vallas y más vallas para preservar todas las distancias imaginables, y por supuesto los hipotéticos electores prácticamente se duchaban en gel hidroalcohólico antes y después de votar. Dado que, por lo general, es la ficción la que supera la realidad y no al revés, en nuestro colegio no había ni mamparas ni bandejas, tampoco desinfectante de superficies o papel, los circuitos de paso estaban mal señalizados, y todo el gel hidroalcohólico de cuanto disponíamos era una única botella compartida entre los tres integrantes de la mesa. Para alargar la ristra de irregularidades, constituimos la mesa sin que nadie comprobara una sola vez nuestra identidad mediante DNI (y de hecho, nadie lo ha hecho aún), y solo a las nueve de la mañana, cuando ya habían mandado a casa a los suplentes, alguien se dignó a tomarnos la temperatura. Y a petición nuestra, claro.

En nuestro colegio no había ni mamparas ni bandejas, tampoco desinfectante de superficies o papel, los circuitos de paso estaban mal señalizados, y todo el gel hidroalcohólico de cuanto disponíamos era una única botella compartida

Todos conocemos esa frase que dice que una mentira repetida suficientes veces acaba convirtiéndose en verdad, e imagino que era lo que pretendían los que proclamaron hasta la saciedad que los colegios serían seguros. Como si por arte de magia -y aún sin poner los medios para ello- el virus fuera a amedrentarse. La verdad, si retomamos el juego anglosajón del que hablábamos, es que durante las dos primeras horas de la mañana los electores vulnerables votaron sin higienizarse las manos, porque al personal (supuestamente experto en vigilancia sanitaria) que controlaba las entradas no se le ocurrió colocar allí un tarro de gel hidroalcohólico. La verdad, es que tuvimos que mangar una bandeja de comedor infantil para no tener que toquetear los DNIs de los votantes, que volvimos a dejar allí después de que pasara por las manos de casi 400 personas. La verdad, es que nadie nos explicó cómo teníamos que ponernos el EPI, y mucho menos cómo teníamos que quitarlo. Lo cierto, es que pasadas las ocho y cuando ya nos habían mandado cerrar el colegio y despojarnos del EPI, aparecieron dos votantes de los de la “hora maldita”, que llevaban diez minutos dando vueltas por allí porque no encontraban su mesa…

Aquello era un “sálvese quien pueda”, y los que más se esforzaron en dar ejemplo de ello fueron los representantes de los partidos políticos. El primer apoderado no apareció hasta las nueve y media de la mañana, y aprovechó para reconfortarnos diciendo que íbamos a cerrar el colegio media hora más tarde. El último se presentó a las cuatro de la tarde con ojos resacosos (gracias por ahorrarnos su aliento, mascarilla), porque imagino que, aún habiendo toque de queda, en sábado se sale. Curiosamente, y a pesar de la manta de lluvia fría que cayó el domingo sobre Barcelona, no los volvimos a ver dentro del colegio hasta la hora del recuento; el resto del tiempo daban vueltas por los espacios abiertos, proferían algún que otro grito inútil y nos miraban trabajar a través del cristal. De algunos partidos políticos mayoritarios, ni siquiera se molestaron en mandar a alguien que les cayera mal. Tampoco acudieron interventores. Es difícil de imaginar una mejor representación, a pequeña escala, de lo que son los políticos de hoy en día.

Lo que pasó el domingo fue surrealista, vergonzoso, y sobre todo, costoso. Porque en cualquier reto, siempre se paga el precio de no decir la verdad

Ayer lunes, llamadme masoquista, vi las noticias de la jornada electoral. Entre tanta palmadita en la espalda y la fascinación (merecedora de investigación freudiana) por la longitud de las colas de votación, me he cabreado aún más si cabe. Lo que pasó el domingo fue surrealista, vergonzoso, y sobre todo, costoso. Porque en cualquier reto, siempre se paga el precio de no decir la verdad. La cuestión, como en las mejores familias, está en quién paga.

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