Vidas separadas

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En las entrevistas entre familia y tutor quien más acude son siempre las madres, de un 60 hasta un 80 por ciento de más. Todo ello es síntoma de dos cosas, la primera, y sea por las razones que sea, que la educación pesa más sobre las mujeres que sobre los maridos. Y la segunda, que en asuntos académicos existe una fuerte discrepancia entre los miembros de la pareja. Cuando la separación o el divorcio aparecen los síntomas anteriores se extreman.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

Separarse no significa desunirse en la educación de la prole, el proyecto aún sigue vivo. Por desgracia las separaciones propician y aumentan las discrepancias entre exmarido y exmujer, que no expadres. Si la prole pide algo a la madre al pensar que ella accederá, y ésta decide algo que pueda contradecir al padre, mal andaremos; si el padre, sin custodia de sus hijos, los malcría ese fin de semana cuando los tiene cada quince días, peor todavía; y si el uno con el otro utiliza los hijos como mástil para acusarse de lo que no fue su relación, nefasto. ¿La solución? Darse tiempo en decidir y mantener una frecuente comunicación pese lo que pese lo que no fue.

–          Mamá, papá me dijo que podía ir al concierto.

–          Bueno, luego hablaré con tu padre y ya decidiremos juntos.

Ese frente unido dará mayor fuerza al proyecto educativo y al de pareja que no fue. Los hijos un día abandonarán del nido, y la pareja, separada o no, debería guardarse lo que en un día creyeron, el respeto y la complicidad. Todos nos equivocamos y en una separación todos tenemos parte de culpa y parte a perdonar, nuestro hijo depende de ello. Permítanme repetir una analogía en este asunto del frente unido. Los educadores deben ser una pared sin pinchos, un muro que si roza a su hijo no le apuñale, pero sí le marque unos límites contundentes. Si en cualquier ocasión uno se equivoca con su hijo, no debe haber fisuras en la pareja. Es mejor apoyar un posible error del cónyuge que no hacerlo para luego discutir por ello ante el zagal. Si se discute se pierde la unidad conyugal y educativa, si se discute se le muestra al zagal por dónde puede manipular a sus educadores.

Si se discute se pierde la unidad conyugal y educativa, si se discute se le muestra al zagal por dónde puede manipular a sus educadores

A menudo ocurre que al separarse uno hecha en falta el cariño matrimonial y revive la soledad. En muchas ocasiones, e inconscientemente, se decide llenar toda esa ausencia de amor con su prole. Tal situación conlleva el riesgo de volverse un protector comprador. Deseando ser más amigos que padres de los hijos, se olvida que se es educador de los mismos. Ya dijimos que el amor no es una buena lente objetiva con los hijos, aunque sí que lo es para enseñar valores humanos y comprenderles. De todas formas, regalar en exceso ese cariño adulto en detrimento de las obligaciones promueve la pérdida de límites, el aumento de la negligencia y el abuso de la sobreprotección. La falta de cohesión de criterios entre ambos miembros de la pareja da la puntilla al asunto y el lechón cada día se halla más acomodado y va escapando a nuestro objetivo, su educación. En fin, que el sobreprotegido se halla desprotegido.

–          Hablar con mi marido no me sirve de nada – me confiaba una madre –. Total, con el par de días que tiene a mi hijo cada dos semanas lo mima que da gusto. Que haga lo que quiera, yo en mi casa le doy a mi hijo todo aquello necesita. No pretendo que tenga obligación alguna con la separación tan reciente.

Y el zagal se acostumbró a tenerlo todo hecho como para que le pidieran poner la mesa, fregar los platos, estudiar u ordenar su habitación. Iba a ser que no. Muchos progenitores separados suelen dejar un margen elevado de libertad a sus hijos, téngase en cuenta que ahora en lugar de dos educandos, sólo se es uno y a tiempo parcial. Por ello muchos llegan a ser protectores compradores y amigos de sus hijos. A veces suelen ser justificadores de los mismos con un bajo control sobre su entorno.

–          Mire, no puede ser lo que usted me cuenta, ¿cómo ha podido mi niña falsificar mi firma en todos los comunicados escolares?

Pues practicando con lápiz y papel, todo para proseguir lo que más desea, evitar que los adultos que la educan se comuniquen. Los adolescentes de un perfil así suelen no ayudar en casa, o piden constantemente cosas a cambio. Ante un no inicial por respuesta optan por la insistencia y al final hasta con el desafío. A menudo son inconstantes en los estudios, bastante orgullosos y con un elevado riesgo de repetir curso si no se les presiona o ayuda a superar sus frustraciones. Los podríamos definir como unos irresponsables irrespetuosos que van a la suya y cultivan un egocentrismo latente, algo muy parecido a los hijos de los protectores compradores.

Este artículo forma parte de una serie titulada “Fracaso escolar o fracaso político“, a cargo de nuestro colaborador, David Rabadà.

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