Winston Churchill

Winston Churchill haciendo su famoso gesto de la V de victoria en 1943. / Wikimedia

Tal día como hoy… 24 de enero de 1965 fallecía Winston Churchill

 

El 24 de enero de 1965 fallecía en Londres, a los 90 años de edad, Winston Churchill, probablemente el político británico más relevante del siglo XX, como consecuencia de una trombosis cerebral provocada por un fallo cardíaco. 

 

CV / Churchill fue Primer Ministro en dos ocasiones –la primera de ellas durante la II Guerra Mundial-,  y el único parlamentario británico que lo fue desde los tiempos de la reina Victoria hasta la actual Isabel II.

Churchill fue el único parlamentario británico que lo fue desde los tiempos de la reina Victoria hasta la actual Isabel II

Había nacido el 30 de noviembre de 1874. Fue un personaje culto, instruido y acaso el que más genuinamente representa una manera de entender la política y el mundo, propios de una época cuyos últimos actos le tocó vivir como protagonista: los de la Inglaterra victoriana y el Imperio británico.

De familia aristocrática por parte de padre –tercer hijo del séptimo duque de Malborough- y de la hija de un multimillonario norteamericano, por parte de madre. Estudió en academia militar de Sandhurst, siendo destinado a la India. En 1898 estuvo como periodista y observador militar en Cuba, y posteriormente en la campaña del Sudán.

En 1899 dejó el ejército y empezó a dedicarse a la política, no sin antes haber hecho de periodista en la guerra anglo-boer, donde fue detenido por sus críticas periodísticas a la forma de dirigir la guerra del general inglés de turno.

En el año 1900 se estrenó como diputado en el Parlamento británico y comenzó una fulgurante carrera política que le llevó a Primer Lord del Älmirantazgo

En el año 1900 se estrenó como diputado en el Parlamento británico y comenzó una fulgurante carrera política que le llevó a Primer Lord del Älmirantazgo a comienzos de I Guerra Mundial. En 1915 ideó y puso en práctica la invasión de los Dardanelos, que se resolvió en una derrota de la cual fue considerado responsable. Dimitió y se fue al frente occidental en Europa. En 1917 regresó como ministro de armamento, y participó igualmente en varios gobiernos de la posguerra.

Se ha hablado mucho de sus simpatías por los totalitarismos durante la época de entreguerras, especialmente por el fascismo italiano, y parece ser que mantuvo correspondencia epistolar con Mussolini. Tampoco destacó especialmente por su sensibilidad social. En cierta ocasión, después de que un incendio (probablemente provocado) en una fábrica que matara a los huelguistas que estaban encerrados en ella, su único comentario fue que «olía a Bacon». También se convirtió en disidente dentro del Partido Conservador –los tories– al ser de los pocos que no exigió la abdicación de Eduardo VIII –de puertas afuera por su matrimonio con una norteamericana divorciada y plebeya; de puertas adentro por las manifiestas simpatías nazis del rey-.

En 1940, Churchill era ya un político veterano de 65 años en el ocaso de su carrera, cuando la II Guerra Mundial le aupó al cargo de Primer Ministro

En 1940, Churchill era ya un político veterano de 65 años en el ocaso de su carrera, cuando la II Guerra Mundial le aupó al cargo de Primer Ministro, que siempre había codiciado, en las peores circunstancias imaginables. Como él mismo dijo, toda Europa estaba ocupada por el ejército alemán, menos España, que estaba invadida por su propio ejército. Churchill se negó en redondo al menor trato con Alemania y optó por la resistencia a ultranza.

Dirigió el país y la guerra con mano de hierro, y sus discursos e imágenes alentando al pueblo en medio de un Londres derruido por las bombas alemanas, con su puro de siempre, forman parte del imaginario de la II Guerra Mundial. Fue, sin duda alguna, uno de los artífices de la derrota de Hitler.

Churchill en un encuentro con mujeres trabajadoras cerca de Glasgow, en octubre de 1918. / Wikimedia

Pero el pueblo británico no le recompensó por sus esfuerzos. En 1945 perdió las elecciones ante el laborista Clement Attlee, de quien Churchill afirmó, con su habitual desparpajo, que era una persona muy modesta, y que era preciso reconocer que reconocer que tenía sobradas razones para serlo. Y pasó a la oposición, criticando las concesiones de los aliados a la URSS de Stalin, ya en el nuevo escenario de la guerra fría. Suya es la expresión «telón de acero» –Iron courtain-. En 1951 Churchill se resarció de su anterior derrota venciendo nuevamente en las elecciones y retomando su cargo de Primer Ministro.

Le tocó lidiar con lo que más le dolía, la desintegración del imperio y la pérdida de peso internacional de Gran Bretaña

Le tocó lidiar con lo que más le dolía, la desintegración del imperio y la pérdida de peso internacional de Gran Bretaña. Intentó evitar la masiva inmigración indostánicos, afirmando que «mantener Gran Bretaña blanca sería un buen eslogan electoral». Lo dijo en 1955, poco antes de dimitir, consciente de su progresiva merma de facultades, propia de la edad y de su inveterada afición a las bebidas espirituosas. Mantuvo su escaño, pero ya no se acercó apenas por el Parlamento. Se dedicó a residir largas temporadas en su mansión en la Costa Azul francesa y a hacer cruceros por el Mediterráneo a bordo del yate de su nuevo amigo, el multimillonario armador griego Aristóteles Onassis. Se dice que cuando cruzaban los Dardanelos –escenario de su mayor fracaso en la I Guerra Mundial-, Onassis ordenaba que se atravesara de noche, para no traerle a Churchill malos recuerdos.

Fue hasta el final un hombre ocurrente y rápido de respuesta. Sobre él circulan infinitud de anécdotas y citas

Fue hasta el final un hombre ocurrente y rápido de respuesta. Sobre él circulan infinitud de anécdotas y citas. Su última frase fue “¡Qué aburrido es todo!”. Pero la última es post mortem: Dispuso que si el general De Gaulle –su viejo y detestado aliado- asistía a sus funerales, que el sepelio pasara por la estación de Waterloo. Y así fue.

Fue enterrado en el mausoleo familiar en la iglesia de Saint Martin, en Blandon, cerca de Blenheim, la población que le había visto nacer noventa años atrás.

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