Yugoslavia rompía con la URSS

Josip Broz Tito (izquierda) y Joseph Stalin / Wikimedia

Tal día como hoy… 17 de mayo de 1948 Yugoslavia rompía con la URSS

 

El 17 de mayo de 1948, las soterradas diferencias que hasta entonces habían enfrentado a la Yugoslavia del mariscal Tito con la URSS de Stalin, salían públicamente a la luz y se escenificaba la ruptura entre ambos países.

 

CV / El Partido Comunista de la URSS acusó a Tito de traición y lo «excomulgó» -como antes había hecho con Trotsky y otros muchos disidentes-, expulsándolo de la «iglesia» comunista oficial. Con ello, Tito se añadía a la larga lista de «herejes» contrarrevolucionarios, ocupando el número uno por el hecho de ser el único que quedaba vivo y, además, con mando en plaza: Yugoslavia.

Por más que desde la ortodoxia se haya querido interpretar la ruptura entre Yugoslavia y la URSS, o lo que es lo mismo, entre Tito y Stalin, con sesudas disertaciones ideológicas, lo cierto es que el primer cisma comunista posterior a la II Guerra Mundial vino motivado por dos razones fundamentales.

El Partido Comunista de la URSS acusó a Tito de traición y lo «excomulgó» -como antes había hecho con Trotsky y otros muchos disidentes

La primera, que aun siendo Yugoslavia un país oficialmente comunista tras el ascenso al poder de Tito, era el único que no había sido «liberado» militarmente por la URSS. Al final de la guerra, los partisanos de Tito echaron a los alemanes e italianos que quedaban, tomaron inmediatamente el relevo y se hicieron con el control del país, gozando además de un fuerte arraigo entre la población tras las masacres perpetradas por los «ustachas» croatas pronazis durante la guerra. Para hacernos una idea, baste decir que las propias SS nazis habían enviado en su momento un telegrama a Berlín advirtiendo de los excesos de sus entusiastas colaboradores con el lacónico mensaje «los croatas se han vuelto locos». Y esto lo dijeron nada menos que las SS… aterra solo pensarlo.

Y la segunda razón, derivada de la primera, fue que al no haber precisado del ejército rojo para ser «liberada», Yugoslavia no se sintió forzada a plegarse a los dictados de Stalin, a diferencia del resto de países que luego constituyeron el otro lado del telón de acero, que «de facto» pasaron de estar ocupados por el ejército alemán a estarlo por el ejército soviético.

En realidad, como ya han remarcado muchos historiadores, la política exterior de Stalin no fue sino la consecución lógica de la anterior política de los zares: asegurar las fronteras de Rusia alejándolas lo más posible del epicentro, alcanzar una salida al Mediterráneo… La cobertura ideológica consistió, como explica el sociólogo Manuel Castells, en la política de los círculos.

La tesis estaliniana se basó en la coartada de salvar el socialismo (en un solo país), la Unión Soviética, aislada y acosada durante el periodo de entreguerras

La tesis estaliniana se basó en la coartada de salvar el socialismo (en un solo país), la Unión Soviética, aislada y acosada durante el periodo de entreguerras. El primer círculo era Rusia, el segundo el resto de países que constituían la Unión Soviética, el tercero los países satélites próximos o fronterizos –Europa del este, Mongolia, China…- el cuarto los partidos comunistas en países capitalistas, y el quinto los países periféricos que, bajo la coartada del anticolonialismo o cualquier otra, o bien adoptaron un sistema comunista o estaban sumidos en guerras civiles –Corea, Vietnam, Cuba…- que desempeñaban el papel de los peones en la partida de ajedrez que disputaban los dos reyes, la propia URSS y los EEUU. Y que como tales peones eran tratados por ambos jugadores: la guerra fría a alta temperatura, pero geográficamente localizada y con límites tácitos en el desarrollo del «juego».

El intercambio de piezas por ambas partes fue algo mucho más normal de lo que suele suponerse durante la guerra fría. Así, por citar solo dos ejemplos simétricos, Stalin abandonó a su suerte a los comunistas griegos en la guerra civil posterior a la II Guerra Mundial, después de haberlos incitado el mismo a alzarse en armas. Los aliados, por su parte, renunciaron a Polonia, ni más ni menos que el país por el cual habían ido a la guerra contra Hitler, dejándola en manos de Stalin.

A unos los quitaba y los ponía Stalin con la misma facilidad que los hacía fusilar; a Tito tampoco podía relevarlo, como no fuera al precio de invadir militarmente Yugoslavia

Tito se percató de esto muy pronto. Claro que, tan evidente como era, también lo sabían el resto de gobernantes comunistas de los países del Este europeo; pero a ellos les había puesto en el poder la Unión Soviética, a Tito no. A unos los quitaba y los ponía Stalin con la misma facilidad que los hacía fusilar; a Tito tampoco podía relevarlo, como no fuera al precio de invadir militarmente Yugoslavia, lo cual, dadas las circunstancias, hubiera desencadenado con toda probabilidad una nueva guerra de imprevisibles consecuencias. Y esta era la gran diferencia.

La única solución que encontró alguien tan poco imaginativo como Stalin fue excomulgar a Tito. Y de paso, purgar a su antojo los partidos comunistas europeos de heterodoxos bajo la acusación de «titistas» o «titoístas», una de las peores acusaciones que se podían verter sobre cualquier militante comunista de entonces, con  los certeros riesgos que acarreaba para la integridad física de los afectados.

Hasta su muerte en 1982, Tito dirigió Yugoslavia al margen de la Unión Soviética; algo inédito en su momento. Luego vino China, por otras razones, y hasta Albania… En fin.

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